jueves, 18 de julio de 2013

LA MENTIRA POLÍTICA


¿Quién miente, el señor Bárcenas o el señor Rajoy? ¿Se financió ilegalmente el Partido Popular y sus líderes máximos cobraron sobresueldos, como afirmó ante el juez el señor Bárcenas, hoy en prisión preventiva por varios presuntos delitos, o no se dieron tal financiación ni tales pingües percepciones económicas, como defienden el Presidente del Gobierno y sus voceros del PP? ¿A quién hay que creer, a un presunto delincuente encarcelado o a todo un Presidente del Gobierno, si ambos han cambiado de versión a su conveniencia?

Adelanto el sentido retórico de estas preguntas, pues la respuesta, para mi y para el común de la gente, es de abrumadora evidencia: es verdad que hubo financiación ilegal y es verdad que la cúpula del PP percibió cantidades de dinero extraordinarias. Y, sin embargo, ambas partes mienten, si se me permite la aparente contradicción.

Todos los políticos mienten. Esa es la conclusión. Esa es la convicción general de los gobernados respecto a los gobernantes. La mentira política no es cosa de hoy, por más que en los tiempos presentes cobre relevancia mayor por su condición instrumental en el fenómeno de la corrupción.

Desde los tiempos clásicos hasta la actualidad la “doble moral” ha estado vigente bajo formulaciones diversas, aunque siempre homologables. La verdad como objetivo y la veracidad como conducta moral de los ciudadanos no rigen para los políticos que se mueven en el nivel de los intereses superiores, los cuales exigen resultados exitosos, quedando la cuestión de los medios oculta en una caja negra invisible al resto de los mortales.

Platón, en La República, justificaba la mentira política en la incapacidad del pueblo para comprender la complejidad del interés común. Maquiavelo, empeñado en  la tarea de construir un estado nacional italiano frente a España y Francia, llegó a escribir en El Principe: ”…la experiencia muestra en nuestro tiempo que quienes han hecho grandes cosas han sido los príncipes que han tenido pocos miramientos hacia sus propias promesas y que han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres. Al final han superado a quienes se han fundado en la lealtad”. H. Kissinger, pasando por Richelieu, J. Swift y J. Arbuthnot (con su El arte de la Mentira), Metternick, etc. son jalones de esta tradición ideológica que justifica la funcionalidad de la mentira en la política.

Incluso en nuestros días sería entendible la inevitabilidad de ciertas zonas de verdad difuminada, moderada, relativizada, que hiciese tolerable la visión del abismo existente entre la representación ideal que las sociedades y los ciudadanos tienen de sí mismos y lo que realmente son en sus comportamientos cotidianos  Pero esa función de terapia social es una cosa y otra muy diferente es que la “noble mentira”, al decir del clásico, la que guarda los secretos de estado,  la que protege los supremos intereses nacionales, se degrade y difunda en forma de metástasis por todo el cuerpo social, por todas las esferas públicas y privadas. Entonces es cuando cobran todo el sentido expresiones como toda la política es mentira y todos los políticos mienten.

Cualquiera que haya militado en un partido político sabe que el criterio verdad-mentira carece de significado. Lo que rige es la “la verdad funcional”, la que expresa lo que en cada momento interesa, lo que se considera bueno para el que habla o para su organización. Lo mismo ocurre en las relaciones interpartidarias y, lo que ya supone un estado límite de la patología social, igual actúan los periodistas “representantes” en las tertulias y en los foros de opinión de los partidos políticos, de los que de madrugada han recibido las consignas y el argumentario para el consumo del día.

Cuando se llega a tal clima de degradación de la verdad y la mentira y la manipulación se han generalizado, como ocurre hoy en España, el riesgo de ruptura del consenso es alto. El pacto social, perdida la confianza de una de las partes, se deshace y la ley de la selva se impone. Es en lo que estamos.

Resistir es vencer, piensa el Presidente del Gobierno, sin importarle el que un pueblo infectado por la mentira hasta la médula no tiene más futuro que ir a parar al basurero de la historia. Del señor  Rajoy  sostuve en el título de un artículo reciente que  era  “el peor hombre para el peor  momento” de España. La tesis que entonces podía considerarse hiperbólica, hoy es de interpretación literal.

lunes, 15 de julio de 2013

EN DEFENSA DE LA POLÍTICA


La consideración de la política como una actividad degradada y, aún más, como una ontología intrínsecamente perversa es un hecho incontrovertible hoy en la España de julio de 2013, en que sobre la masa viscosa de innumerables casos de corrupción aparece el señor Rajoy, Presidente del Gobierno, a modo de coronación vergonzante del gran basurero nacional, como receptor de dineros irregulares, supuestamente connivente con el célebre señor Bárcenas y responsable de un partido político  que más que otra cosa semeja eficacísima máquina de captación de rentas ilegales.
En tiempos de bonanza y bienestar social los ciudadanos miran a sus dirigentes con indiferencia y son condescendientes o hacen la vista gorda ante sus errores o abusos de poder. Pero cuando llegan las crisis económicas y sociales los ciudadanos se hacen exigentes y justicieros, tomando a la política y a los políticos como chivos expiatorios de todos los males. Sólo ante enemigos externos que ponen en riesgo los valores constitutivos de un pueblo, éste puede adherirse con entusiasmo a un líder salvador, lo que hizo el pueblo inglés con W. Churchill ante el peligro alemán.
Tal como se ven hoy las cosas, tenemos, pues: que los políticos son los causantes de la depresión económica con el consiguiente paro, pobreza y marginación social de millones de personas; que, aunque los políticos no sean los productores fundamentales de la catástrofe, son responsables de connivencia con los poderes bancarios y financieros o de incompetencia por no haberlos sometido y subordinado al bien general; que la corrupción está generalizada y es transversal, todos los políticos son iguales y el PSOE y el PP la misma mierda es; que la derecha y la izquierda son la misma cosa, los mismos perros con distintos collares; que toda política es mala. Viva, pues, la antipolítica.
Llegados a este punto, que es en el que nos quería la derecha,  ¿qué se puede hacer? Antes que otra cosa hay que salir de esta trampa ideológica que tantos réditos electorales proporciona a los partidos conservadores, cuyos votantes (su suelo electoral) seguirán, con la ayuda impagable de la Iglesia (¿impagable?), fidelizados con el partido de sus intereses económicos e ideológicos, a pesar de Bárcenas, de Rajoy o de Urdangarín.
La ideología, como aerosol aparentemente inocuo que de forma incesante se difunde para general inhalación de la gente, es utilizada a través de diversos mensajes perceptibles o subliminales para crear en la opinión de las masas el prejuicio de la maldad de la política. Fijémonos en el lenguaje común: “Yo no soy político”,  “eso es cosa de políticos”,  “no se meta usted en política”, que dicen que aconsejó Franco a un alto cargo de su régimen… En este tipo de expresiones, además del carácter nefando del quehacer político, subyace una sinécdoque bastarda: tomar el todo de la política por la parte de la actividad partidaria.
¿Qué se puede hacer cuando la polución ideológica se ha fosilizado en el lenguaje de la calle?  Cuando la acción de la política se reduce a la actividad de los partidos, cuando la parte se confunde con el todo, con la toda política que constituye el vivir del hombre social, del animal político, la reeducación de los esquemas mentales no es tarea fácil. El fino marxista italiano, A. Gramsci, de quien es la fórmula “todo es política”, tenía clara la receta, la metodología: la cultura, la intelectualización progresiva del ciudadano, o la generalización de la política que pretendía  Pietro Ingrao.
Es la cultura la que nos habilitará para ver, distinguir y entender. Es don Antonio Machado  quien en su Juan de Mairena  instruirá  a los jóvenes:
“La política, señores –sigue hablando Mairena─, es una actividad importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala, que hacen los trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y  colocar parientes. Vosotros debéis hacer política, aunque otra cosa os digan los que pretenden hacerla sin vosotros, y naturalmente, contra vosotros”.
El joven Anatolio Alonso, la mejor nota media del bachillerato y la selectividad de toda España, ha declarado que no le importaría ser político. Que un muchacho tan inteligente, partidario por otra parte de la escuela publica,  diga lo que ha dicho de la actividad política es un signo de esperanza en estos tiempos de negro pesimismo.

miércoles, 10 de julio de 2013

LA PALABRA Y LA ESCUELA



Desde el nacimiento a la tumba nuestra vida es una esforzada actividad por conquistar la palabra, el derecho a comprenderla y expresarla. No es fácil esta conquista, reservada sólo al ser humano de entre todos los de la creación. En los ambientes familiares deprimidos, culturalmente bajos, de palabras escasas y códigos linguísticos restringidos, el aprendizaje es lento y dificultoso. En los medios culturalmente más elevados, de vocabulario abundante y variado, la enseñanza se produce con menos esfuerzo, de forma cuasi natural.
Al transitar de la socialización familiar a la institucional, las palabras  -que son como los ladrillos que construyen la inteligencia-, la dotación léxica aportada por el escolar predice algo más que su rendimiento académico, determina su futura ubicación en el mundo. La jerarquía social es cada vez más la jerarquía del conocimiento.
La democratización de la educación, cuyo instrumento prístino es la escuela pública, supuso la generalización de la palabra, el acceso a la comunicación, a ese derecho a que se refiere el artículo 19 de la Declaración de los Derechos Humanos, de quienes de otra forma apenas podían llegar al balbuceo.
Si en España pudiese visionase la película de los niños de la escuela de la Ley de E.P. de 1945, de la Ley General de Educación de 1970 y de la LOGSE de 1990, al margen los tópicos actuales sobre el fracaso escolar comparado, se comprobaría la diferencia de dominio del lenguaje oral, expresivo y comprensivo, desde los años oscuros del franquismo hasta hoy. Si se quiere decir de otra forma, se ha evolucionado desde el mutismo de entonces a una cierta facundia de ahora; de la espacticidad a la deshinibición corporal; del miedo escénico al exhibicionismo corporal y de la imagen.
La democratización y generalización de la educación ha tenido mucho que ver con el progreso en el dominio de la palabra, sin olvidar las transformaciones tecnológicas de los MCS que a los clásicos canales de la prensa escrita, la radio y la televisión han añadido las voraces fórmulas de Internet, con su twitter, facebook, móviles multiuso, etc. Hoy el tráfico de las comunicaciones es intensísimo y multidireccional. La información acumulada, oceánica, insondable, segundo a segundo se ve acrecentada por un incesante torrente de datos, noticias, informes, documentos, conversaciones…Todo el mundo habla y escribe. No hay tiempo para escuchar y leer. Pocos podríamos suscribir las palabras de Borges cuando decía que más se enorgullecía de lo leído que de lo por él escrito. ¿Quién se priva hoy de abrir una web o un blog para emitir ideas, propuestas, emociones…? ¿Quién está tan out de la modernidad que no twittea o marca su perfil en facebook?
Así pues, la capacidad expresiva de cada vez más ciudadanos y el desarrollo tecnológico de los MCS han convertido la información en global, masiva y omnicomprensiva. Todos estamos expuestos y somos transparentes. Nadie puede evitar convertirse en un momento dado en pasto de las llamas de la gran hoguera de la información inagotable.
Demasiado estruendoso se hace el ruido y no es de extrañar, por tanto, que desde la crítica cultural y social se levanten voces contra la voracidad de Internet y sus redes, contra los contenidos deleznables por su producción y consunción masivas, plagados de palabrería vacua,  cháchara, banalidad y estulticia. Es mposible distinguir el grano de la paja. Y es imposible también liberarse de la solicitación abusiva, coactiva, cuando el particular se hace usuario y se “interna” en Internet (en este sentido argumentaba recientemente Javier Marías). Sin embargo, y como ha ocurrido siempre con las nuevas máquinas generadas por la ciencia y la técnica, tras el inicial rechazo de los espíritus puros y algo perezosos, lo que procede es asimilar los nuevos instrumentos aprovechando sus virtualidades y curándose de las escorias y daños colaterales que producen.

La escuela tiene aquí una tarea esencial: enseñar el lenguaje limpio de corruptelas, enseñar la palabra justa, en definitiva, enseñar a sus alumnos a seguir religiosamente la idea central del filósofo L. Wittgenstein en su Tratatus Logico-Philossophicus: “Todo aquello que puede ser dicho puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. La escuela que ha de cumplir esta misión no es precisamente la del señor Wert.

martes, 9 de julio de 2013

DON TANCREDO ANTE EL MIURA CATALAN


El acuerdo de la Comisión Territorial del PSOE sobre la federalización de España ha tenido una respuesta descalificadora por parte del PP en general y, en especial, de su vocero, el señor González Pons, quien ha dicho que lo que debe hacer el PSOE es “defender a España” y dejarse de teorías (quimeras, las llama Montoro, el de la amnistía fiscal).

González Pons suele dar un tono enfático y teatrero a sus declaraciones, que nos distrae a menudo de su fondo falsario y estulto. Hace falta estar muy fuera de la realidad (ser “idiota” en sentido etimológico) para no tomar conciencia de la gravedad de lo que se está gestando en Cataluña. A estas alturas no valen ya los análisis de inspiración marxista que asocian nacionalismo con los intereses de la clase burguesa. Hay que fijarse en la clientela de Esquerra Republicana de Catalunya, integrada por una pequeño-burguesía de origen urbano, una ciudadanía rural y unas clases populares que en una situación de emergencia económica y social se enganchan fervorosamente a un banderín que les ofrece en el mismo paquete izquierdismo, republicanismo y liberación nacional de una oligarquía centralista castellana, de la que, piensan, sólo han recibido humillaciones, agravios y ahora pobreza.

Cierto es que el nacionalismo catalán viene de lejos. Del catalanismo doctrinal de Valentí Almirall ─que ya intentó conectar los intereses de la burguesía catalana con el federalismo─ se pasó con Prat de la Riba a un verdadero movimiento político,  instrumentado por la Lliga Regionalista, partido político moderno. Desde una perspectiva histórica cabe subrayar dos hechos: la Lliga  nunca consiguió un compromiso político con la oligarquía centralista (aunque llegó a acuerdos espurios cuando le convino) y nunca fue separatista de los pueblos ibéricos, y, en segundo término, las contradicciones de la burguesía causaron la entrada de nuevos agentes en el movimiento nacional catalán (sectores de la pequeña burguesía urbana, campesinado, movimientos obreros…). El éxito de Esquerra Republicana durante la II República expresó estos cambios en el nacionalismo de Cataluña. Conocemos los intensos debates en las Cortes republicanas para aprobar el Estatut del año 1932 y sabemos muy bien en qué convirtió Franco la autonomía catalana.
No podemos vislumbrar cuál sería el panorama de España si la II República y la Autonomía de Cataluña se hubiesen consolidado. Sin embargo, respecto a lo que ocurre hoy en España no hay duda posible: por eso, describir el estado de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, en el contexto de una profundísima crisis económica, social e institucional, en la actualidad se convierte en tarea innecesaria, dada su evidencia, salvo para el Gobierno del PP que, personalizado por su líder Mariano Rajoy, adopta la postura de don Tancredo. Hasta la fecha todos los intentos de normalizar y acomodar las relaciones Cataluña-España han fracasado: las creativas formas federalizantes de Prat de la Riba, el proyecto de Estatut de 1919, el Estatut de la II República, la Autonomía de la  Constitución de 1978, el último intento del Presidente Zapatero de 2006… Y ahora la propuesta de Rubalcaba.  ¿Qué recepción obtienen las sin duda bienintencionadas propuestas del partido socialista por parte del partido gobernante, aparte del enfatismo cargante del señor Pons? ¿Qué se puede esperar de la derecha española para resolver el problema catalán?
La respuesta se deduce de estas dos constataciones: primera, la derecha española, cerril siempre en su absolutismo centralista, ha boicoteado sistemáticamente todos los intentos de dar solución al problema. Y, segunda, en este momento concreto el PP ha tomado la opción de embridar y ahogar el independentismo de Cataluña y cualquier otro conato que se presente retornando por vía de hecho al centralismo absolutista castellano con ocasión del hundimiento económico de las Comunidades Autónomas.
Y mientras tanto, el independentismo (que se está configurando como un movimiento popular e interclasista creciente) avanza no como una ola hacia la playa para deshacerse en burbujas, sino como profunda corriente que amenaza con convertirse en tsunami que deje a Cataluña y España como un solar inhabitable. Es el lance taurino de don Tancredo, que a veces tenía éxito y el torero salía ileso, pero que en otras el miura se lo llevaba por delante. Pero el oficio del señor Rajoy no es el de novillero, tiene la obligación histórica de gobernar y la responsabilidad de evitar una catástrofe a nuestro país. Al menos el señor Aznar hablaba catalán en la intimidad. Uno y otro, a lo que se ve, muy bien sobrepagados.

viernes, 5 de julio de 2013

LA CORRUPCIÓN Y LA JUSTICIA

Desde hace algún tiempo un grupo de personas, unidas por los vínculos de las comunes ideas socialistas y la amistad en el mejor sentido epicúreo, nos venimos reuniendo con periodicidad irregular en una especie de cena-tertulia, ‘Tertulians de la mar’ la llamamos por el lugar donde se produce el cenáculo. Para cada sesión se elige un tema de interés y se invita en ocasiones a un ponente ajeno al colectivo para que introduzca la cuestión. A partir de esta introducción se dialoga asintiendo a las tesis  o proposiciones expuestas, oponiéndose, matizando, presentando dudas o alternativas, siempre en un clima amistoso alejado de la conflictividad de la vida orgánica partidaria. En la tertulia del día 2 de julio tocó referirse al problema de “los socialistas ante la corrupción y la justicia”.
Aparece la corrupción en este momento de España como una nube plomiza, tóxica, ominosa, omnipresente,  que nos angustia y nos nubla cualquier perspectiva de futuro, especialmente a los socialistas que nos aplicamos la sentencia corruptio optimi pésima, no porque nos creamos superiores a los demás ciudadanos, sino porque en la esencia del socialismo democrático está (debe estar) la honradez y la decencia. Razón por la que los electores no pueden perdonarnos cuando nuestras conductas contradicen los principios que nos definen.
No caben excusas. Los más de 1660 casos de corrupción abiertos en 798 juzgados afectan a todas las formaciones políticas, en mayor proporción al PP y al PSOE y se extienden por todas las Autonomías, desde Cataluña a Andalucía, pasando con detenimiento por la Comunidad Valenciana y acabando en Madrid. Se intenta matizar, separar unos casos de otros, no es lo mismo gestionar contratos irregularmente sin beneficiarse económicamente de forma personal que participar en una trama empresarial montada para expoliar fondos públicos; no es lo mismo hacer alguna gestión para desatascar un trámite en la máquina burocrática por razón de amistad o relación política que convertir toda una provincia en cortijo particular, incluido el aeropuerto… Como dijo uno de los contertulios, hay una corrupción de la miseria (refiriéndose al caso de los ERES) y está la alta corrupción de cuello blanco…
Y, sin embargo, no caben distingos en la percepción que el ciudadano tiene de la realidad: PP y PSOE son la misma cosa, iguales son ante la corrupción, todos roban, cada cual lo que puede. En este punto se impone ante los tertulianos la cuestión clásica: ¿Qué hacer? Y brotan las respuestas. Voluntariosas, radicales, idealistas…:
A partir de este momento, tolerancia cero con la corrupción. Nadie discrepa. Pero cómo se instrumenta este principio radical?, ¿quién da la orden?, ¿quién la hace cumplir?, ¿la vieja guardia?, pregunta alguien. Renovación total, desde la cúpula hasta la última de las agrupaciones locales, propone otro. ¿Dónde están esos jóvenes enérgicos, competentes, limpios, capaces de hacerse cargo de negocio tan complejo como es el de la política y la dirección de un partido que ha gobernado todo un país? En el mundo político ─y en la vida en general─ no sirven las fórmulas sincréticas y reduccionistas, replica otro contertulio.
Que sea la sociedad civil la que se mueva y actúe de catalizador, se dice desde otra esquina. ¿La sociedad civil? Pero  eso no es más que un constructo de la clase burguesa para ir contra el Estado, añade otro compañero que no ha olvidado el concepto de estado ampliado de Louis Althusser. Avanza la noche. Algo hay que hacer.
Muchas cosas que hemos hecho los socialistas no son compatibles con la conducta que los ciudadanos esperan de nosotros y que son inherentes a nuestra ideología. Habrá que empezar reconociendo, confesando errores. Habrá que comprometerse con una ética sin fisuras. Habrá que ser implacable con los incumplidores deshonestos. La selección de los funcionarios deberá ser protegida del  sistema de expolio que aplica cada partido cuando gana las elecciones. A los órganos de control se les garantizará la independencia…, pequeñas medidas de micropolítica que recorran a toda la organización y la convierta en transparente para el resto de los ciudadanos.
¿Y de la Justicia? ¿Qué podemos esperar de los jueces? Opiniones dispares. Acaso en estos momentos, dada la situación socioeconómica de los españoles y la relativa proletarización de la judicatura, se pueda esperar más que en ningún otro tiempo. Ejemplos haylos ahora de actuaciones ejemplares, expone uno. ¿De ejemplaridad hablamos? La ejemplaridad en un sistema corrupto como es el capitalismo no demuestra que se pueda en general ser honesto, sino que sólo algunos individuos particulares logran manifestarse como ejemplares para reforzamiento del propio sistema,  objeta otro compañero. Y añade: el derecho, más allá de la técnica jurídica, en la cima, en última instancia (y nunca mejor dicho) es y se confunde con la política, es política en estado puro. Aquí, en nuestra ciudad, a partir del 2 de octubre se va a juzgar al señor Carlos Fabra. Según información de prensa los tres magistrados de la Sección 1ª ya fueron corregidos por el Supremo sobre el delito de cohecho. ¿No están contaminados? ¿Alguien se cree que la abstención del presidente de la Audiencia los ha limpiado de la contaminación? Vivir para ver.

viernes, 21 de junio de 2013

ACERCA DE LA CORDIALIDAD ENTRE JUECES Y POLITICOS

Cuando hace unos años tuve noticia de que el amo de todo el poder político provincial, el Presidente de la Audiencia y un abogado expolítico metido a financiero compartían exquisita mesa y mantel en el restaurante más selecto del Grao de Castellón, quedéme automáticamente convencido de que todo para la sociedad castellonense estaba perdido, pues este tipo de “comunidad de mesa” nada tenía que ver con la institución de la comensalía en la que algunos autores han querido observar el germen de la democracia en Grecia (los cristianos, en la eucaristía), sino más bien  apuntaba a conciliábulo o confraternización connivente entre poderes cuya separación es conditio sine qua non de la democracia.

Un titular de este periódico del 5-06-2013 rezaba así: “El Presidente de la Audiencia se aparta del caso por su amistad con Carlos Fabra”. El motivo que según el texto aduce el Magistrado no es la amistad; es su relación “cordial y afable” con el encausado. No es lo mismo. Lo cordial y lo afable tienen una proyección semántica que alude a asepsia, distancia y trato normal, según los usos y costumbres entre autoridades y titulares de poderes del estado o instituciones. Sin embargo, como es bien sabido, el lenguaje a veces resulta muy traicionero: radicalmente, cordial viene de corazón (cor-cordis) y afable, entre otros significados también equivale a “accesible para ser hablado”, derivado del latino ‘fari’. Cordialidad y afabilidad remiten a afecto, sintonía, familiaridad… No anda equivocado, pues, el titular cuando se refiere a amistad. No hace más que dar nombre exacto y cabal a un dato de dominio público.

Qué pena que el Magistrado Domínguez, habida cuenta de que la relación cordial y afable viene de lejos, no se abstuviera cuando la Sala, por él presidida, exoneró al señor Carlos Fabra del delito de cohecho, el de más carga penal de todos los que se imputaban y se le imputan. Entonces acaso el Juez Jacobo Pin no se hubiera visto obligado a solicitar el amparo al CGPJ por las interferencias de la Audiencia. Interferencia, oportuna palabra, que lo mismo significa colisión de ondas sonoras, algo tecnológico al fin y al cabo, como, ingenuidades al margen, bloqueo u oposición a una conducta o acción para desviarla de su correcto discurrir…

Hoy el Presidente de la Audiencia con su gesto a la galería no puede evitar nuestra desconfianza hacia lo que pueda resolver la Sala. La confianza en la justicia cuando se pierde ya no se recupera nunca.
Hace unos años la escolarización de alumnos en ciertos colegios concertados religiosos, para mí evidentemente prevaricadora, fue calificada por el Juez de instancia y por la Sala correspondiente en recurso del fiscal, de mera irregularidad administrativa, lo que significaba que un director territorial a petición del mandamás político podía impunemente convertir en agua de borrajas todos los procesos de admisión alumnos y la voluntad colegiada de los Consejos Escolares. Este asunto menor, si se quiere, pero no por ello menos letal para la moral pública, me produjo una gran frustración profesional y personal y, como he recordado en otras ocasiones, hizo que evocara los tipos de sentencias a que se refiere el profesor Alejandro Nieto: venales, arbitrarias, equivocadas y, también, cómo no, sentencias correctas o plausibles. Pues bien, si en las sentencias correctas ante idénticas situaciones jurídicas se puede llegar a fallos contradictorios (así es el Derecho, por otra parte la más inefable de las creaciones culturales del hombre), que Dios nos proteja de la venales, arbitrarias o simplemente equivocadas.

Juzgar es muy difícil. Un buen juez, un juez justo es una bendición de la naturaleza humana, un regalo de los dioses. De igual modo un mal juez es un corruptor social. Los jueces son personas, ciudadanos que se relacionan con la gente y crean vínculos sociales. Pueden tener amigos, cómo no. Pero yo, juez, no los elegiría entre los políticos, me inclinaría más por los sabios o los poetas. Contemplar a un juez, máxima autoridad judicial en la provincia, en relación cordial  y afable con el  todopoderoso cacique del lugar no deja de ser inquietante. Es difícil no pensar en este caso en aquel aforismo latino que se expresaba así: “pares cum paribus coniuvantur”.

sábado, 20 de abril de 2013

EL PEOR HOMBRE PARA EL PEOR MOMENTO



Cuando el pueblo hebreo necesitó escapar de la esclavitud egipcia encontró en Moisés  el guía que lo condujo ante las puertas de la tierra prometida. Abraham Lincoln lideró esforzadamente a los americanos carcomidos por el doble cáncer de la esclavitud y la guerra civil. Winston Churchill, contra la amenaza nazi, no prometió a su pueblo otra cosa que “sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas“. En España, para salir de la mazmorra de la dictadura del carcelero Franco, nos encontramos con un atrevido y valeroso Adolfo Suárez que se hizo con la llave para llevarnos al sol de la democracia, y, más tarde,  con otro dirigente, Felipe González, que  nos aupó a la modernidad de Europa. 
Ahora, en estos tiempos de depresión y desesperanza ¿a quién tenemos? ¿Qué líder  ha puesto la diosa fortuna al frente de esta España agonizante por la crisis institucional, económica, social y moral?                                         
El actual Presidente del gobierno no es un desconocido. Registrador de la Propiedad desde los 23 años, a partir de los 26  ha ocupado todos los cargos imaginables tanto en el Partido como en la Administración. Por experiencia, pues, no será. Entonces, ¿por qué es percibido como incompetente para sacarnos del pozo y, en mi opinión, como el peor hombre para el peor momento de este país?
Más allá de verlo como un hombre de derechas, acudir a sus fundamentos ideológicos nos va a ser de alguna utilidad. En 1983 y 1984, en El Faro de Vigo, escribió sendos artículos en los que entre otras lindezas se espigan las siguientes: “El hombre, en cierta manera, nace predispuesto para lo que habrá de ser. La desigualdad natural  del hombre viene escrita en el código genético, en donde se halla la raíz de todas las desigualdades humanas: en él se nos ha transmitido todas las condiciones desde las físicas (salud, color de los ojos, pelo, corpulencia…) hasta las llamadas psicológicas, como la inteligencia, predisposición para el arte, el estudio o los negocios”.
En el segundo artículo (1984), comentando el escrito La envidia igualitaria del ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, se refiere a “la eliminación de las desigualdades excesivas”, “la supresión de los privilegios”, “la redistribución”, con su displicencia innata, como vaguedades despreciables por el buen sentido. Para él “la igualdad  implica siempre despotismo y la desigualdad es el fruto de la libertad”.
¿Qué se puede esperar de este pensamiento clasista, reaccionario e incluso racista? La naturaleza ─nótese las veces que en el lenguaje rajoniano aparecen expresiones como “lo que es natural”, “lo que tiene que ser”, “como Dios manda”, “lo que dice el sentido común”, “lo sensato”…─ determina inexorablemente el porvenir psicológico, económico y social  de cada individuo, y la sociedad o no existe ─la Thatcher dixit─ o como suma de individuos igualmente viene regulada por leyes naturales. ¿Para qué intervenir? ¿Para qué interferir el curso de la naturaleza? Los esfuerzos inútiles producen melancolía, dicen que decía Ortega y Gasset.
Mientras Rajoy espera que escampe, las estructuras de la sociedad sufren una convulsión insoportable. Todo el entramado institucional  aparece corrupto. El principio de legalidad y la igualdad ante la ley resultan bromas de mal gusto y la sociedad, desmoralizada, se mueve entre el letargo, el cabreo y la furia, harta del comportamiento connivente de las élites, que funcionan según la ley del socorro mutuo.
En general los españoles podemos estar dispuestos a salir de ésta más pobres, qué remedio. Estamos dispuestos a transitar las inhóspitas tierras del Sinaí, a pasar por la “sangre, el esfuerzo, el sudor y las lágrimas”, siempre que se nos ilusione con una nueva tierra regida por la decencia, la honradez y la austeridad compartida.
La crisis económica, además del empobrecimiento de los más y el enriquecimiento de los menos, ha traído también una crisis social entre cuyos rasgos se da la privatización de la política, la raquitización del Estado (salvo en su capacidad represiva, cada vez más intensa) y la depauperación del Estado de Bienestar. Éste es el horizonte.
El futuro es un país extraño es el último título de Josep Fontana. La idea historicista del progreso continuo está en quiebra. Lejos de avanzar, se puede retroceder, terminar en la Edad Media. El país extraño que nos espera no se puede ‘descubrir y conquistar’ de la mano de un señor que, si bien cumple burocráticamente sus obligaciones institucionales, transmite la sensación de que le estamos privando de placentero tiempo, repantigado en su sillón orejero mientras se fuma un Montecristi. Decididamente Rajoy es el peor hombre para el peor momento de España.