miércoles, 16 de agosto de 2017

EL PP TAMBIÉN ES REVOLUCIONARIO

En plena calina agosteña, en el Hoy por Hoy de la SER —cadena cada día más cómoda para los dirigentes del Partido Popular—, la señora Andrea Levy, Secretaria de Estudios y Programas —cargo intelectual como su denominación indica— ha afirmado con total naturalidad que eso de la ‘revolución’ es cuestión muy relativa, que cada persona puede hacer su propia revolución interna, que ella la hizo leyendo el Bernarda Alba de Lorca, y que el mismo PP en algunos aspectos es un Partido revolucionario, como, por ejemplo, en la última reforma laboral, que tantos puestos de trabajo y tantos bienes ha supuesto para los trabajadores.
¿De qué se trata aquí? ¿De un fundido de las meninges por los calores? ¿De la corrupción llevada al terreno de la semántica? ¿O de simple terrorismo lingüístico? Puede haber otra interpretación de la alucinada tesis de A. Levy. Consistiría en que la joven política popular se ha remontado a los orígenes de la palabra ‘revolución’, término astronómico que alcanzó una importancia creciente en las ciencias naturales gracias a la obra de Copérnico, De revolutionibus orbium coelestium, según explica Hanna Arendt en su ensayo Sobre la revolución. A la palabra ‘revolución’ en este sentido astronómico se asocian las ideas de movimiento regular e inalterable, rotación eterna del mundo celestial, fijeza y conservación del mecanismo que revoluciona, libre de toda influencia humana, recurrencia y repetición inmutable, universo semántico éste lo más alejado que imaginarse pueda del concepto moderno de revolución, inseparable de la innovación, la violencia y el cambio de un orden viejo por otro nuevo.
Así las cosas, Rajoy es un revolucionario y las declaraciones de A. Levy se nos convierten en menos extravagantes y hasta lógicas y comprensibles. En efecto, astronómicamente, el Presidente del PP es la quintaesencia del revolucionarismo: sus movimientos predecibles como el de la gravitación universal, su negación recalcitrante a alterar el libre curso de las cosas, su bloqueo a cualquier interferencia humana de radicales e insensatos, su vindicación del sentido común para la resolución de cualquier problema, la dejación permitiendo que todo lo que tenga que ocurrir suceda normalmente..., todo predica el revolucionarismo astronómico del Presidente del PP.
Inoculada la corrupción en el lenguaje, una vez que las palabras han perdido su sentido convencional, fracasada toda posibilidad de comunicación racional articulada, nada está prohibido, cualquier exabrupto está permitido. Si todos somos un poco de derechas y un poco de izquierdas, si el PP es algo revolucionario y Podemos, hijo bastardo de pequeñoburgueses; si las fronteras ideológicas se han derrumbado y todos en el fondo somos iguales; si la honradez y la bondad, la indecencia y la maldad están transversalmente repartidas en los partidos políticos por igual, si unos y otros somos iguales, si todos los políticos son iguales... ¿para qué cambiar nada? ¿Para qué prescindir de Rajoy? Giran los astros, el día sigue a la noche, los meses, las estaciones y los años se suceden inexorablemente... y en este eterno retorno la ambición humana de cambio e innovación es ocurrencia, insensatez, asalto al sentido común, anormalidad y desvarío radical.
Por otra parte, la tesis de A. Levy ofrece una vertiente práctica evidente: si M. Rajoy es revolucionario, aunque sea en cierto modo, ¿en qué posición quedan las gentes de PODEMOS e incluso del mismo PSOE? Con un lenguaje corrompido —y aun a sabiendas de que los podemitas a la hora de la verdad no pasan de socialdemócratas con dosis de populismo juvenil—, se les puede llamar radicales antisistema, marxista-leninistas bolivarianos, delincuentes y pederastas... Y el PSOE, en la medida que se entienda parcialmente con Podemos, tampoco se librará del vocabulario grueso de los jóvenes revolucionarios del PP.
A modo de conclusión, bien puede afirmarse que la reivindicación de cierto carácter revolucionario del PP resulta menos estúpida de lo que parece. Si Rajoy es revolucionario, ¿qué frontera lingüística no traspasarán los Martínez Maíllo, los Maroto y otros desacomplejados populares? Manuela Carmena —que no hay más que mirarla a la cara para saber que se desayuna con carne cruda de niño— ya ha sido tildada de émula de Stalin.
A veces uno, sesentayochista y nostálgico de ‘La Revolución, que la quisimos tanto’, piensa que Rajoy y sus representados merecerían verse en la tesitura de Luis XVI, cuando en la noche de 1789, en Paris, se enteró de la toma de la Bastilla por boca del duque de La Rochefoucauld. Se dice que el rey exclamó: «C’est une révolte». “Non, Sir, c´est une révolution”, corrigió el duque. Era una Revolución de verdad.

miércoles, 9 de agosto de 2017

APRENDIENDO DE LAS PRIMARIAS

Max Weber distinguió el ‘político’ y el ‘científico’ como dos paradigmas nítidamente diferenciados. Sin embargo, de la política se pretende hacer ciencia y hoy más que nunca en el universo universitario brillan y están de moda las Facultades de Ciencias Políticas. Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política precisamente, publicó un provocador texto (La desfachatez intelectual. Ed. La Catarata, 2016) en el que arremete y fustiga a escritores e intelectuales por la superficialidad frívola con la que pontifican sobre el tema político que se tercie de forma tajante y prepotente. De todos los aludidos (Juaristi, Savater, Félix de Azúa, Javier Cercas, A. Muñoz Molina, etc.) recogió el guante Cercas, que se batió cuerpo a cuerpo con el temerario politólogo en una interesante polémica.
Se enfrentaban dos discursos, el denotativo (el de la ciencia) y el connotativo (el de escritores y creadores literarios). Sánchez-Cuenca, corporativamente, defendía un cierto estatuto científico para los fenómenos políticos, que se producen, según su criterio, de acuerdo con regularidades o leyes que hay que observar, analizar y verificar. El entusiasta profesor aportaba a su posición «algunos hallazgos sólidos» de la ciencia política del tenor de los siguientes: «…las democracias no entran en guerra entre sí (tesis de la paz democrática)», «la democracia es indestructible en países con una renta per cápita superior a la de Argentina en 1976», «las hambrunas sólo se producen en países autoritarios», «las guerras civiles no se producen en países desarrollados»... En fin, lejos está de mi intención decepcionar las ilusiones cientifistas del politólogo. Al contrario, pretendo reportarle una hipótesis nueva relacionada con el comportamiento electoral en las Primarias, a la vista del histórico del PSOE en este tipo de consultas.
En contra de la propaganda del oficialismo del viejo PSOE, las Primarias no son un invento de hoy y mucho menos del Pedro Sánchez contagiado de podemismo. Hasta 1936 todos los cargos eran designados directamente por la militancia, práctica que se suprimió durante la Guerra Civil, acudiéndose a las listas cerradas. En abril de 1998, Borrell ganó la candidatura a la Presidencia del Gobierno frente a Almunia, que había heredado la Secretaria General de Felipe González. Borrell no llegó vivo a las Elecciones Generales por razones de todos conocidas. Trinidad Jiménez, con todo el apoyo del oficialismo, sucumbió ante Tomás Gómez. José Bono en la noche del 21 al 22 de julio del 2000 perdió por 9 votos ante un desconocido Zapatero la Secretaria General. En 2012 la malograda Carme Chacón por 22 votos hubo de claudicar ante Rubalcaba. En julio de 2014 Pedro Sánchez con el calculado apoyo de Andalucía venció a Madina sobradamente. Hace unos meses Pedro Sánchez humilló a Susana Díaz y a todo el establishment del PSOE y de otros poderes envolventes, para sorpresa de propios y extraños. Susana Díaz, desde la Presidencia de la Junta, no tuvo oponente para revalidarse en la Secretaria General del PSA. Y recientemente Ximo Puig, a la sazón Presidente del gobierno valenciano —que había sido derrotado penosamente en su envite a favor de Susana Díaz versus Pedro Sánchez— ha vencido al joven alcalde de Burjasot, sedicente pedrista, en la disputa de la Secretaria General del PSPV.
Como se ve en este no exhaustivo histórico de las Primarias del PSOE, se dan múltiples supuestos o variables: según esté en juego el liderazgo orgánico o el institucional, haya apoyo predominante del aparato del Partido, del Institucional, de ambos confundidos o de la militancia; según los competidores estén en la base o en puestos de representación, desde la posición de outsider o desde la titularidad de la Presidencia del Gobierno Central, de los Autonómicos o de las Corporaciones Locales... La casuística es variopinta, pero en medio de la complejidad de esta fenomenología política alguna certidumbre o hallazgo sólido (Sánchez-Cuenca) puede alcanzarse. Parece evidente que la militancia en coyunturas de crisis puede dar la victoria al candidato más insospechado, saltando por encima de aparatos y apoyos extrapartidarios, pero con un límite: ningún Presidente de Gobierno, central o Autonómico o de Ayuntamiento puede ser desplazado por aspirante alguno en una concurrencia competitiva como es el caso de las Primarias. Felipe González —que dice no mandaba en el Partido— jamás hubiera sido derrotado por el guerrismo; a Susana Díaz, mientras sea Presidenta de la Junta, nadie le arrebatará el liderazgo del PSA; Ximo Puig, aun con una militancia enrabietada por su desvarío susanista, ha logrado permanecer en la Secretaria General del PSPV. Contemplar la imagen del President de la Generalitat, flanqueado de consellers, síndic del grupo parlamentario, alcaldes, altos cargos de la administración y demás personal ameritado (todo un ejército) en uniforme de campaña —aparato institucional, en pleno despliegue de ramificaciones clientelares, hecho carne orgánica—, resultaba impactante. Esa guerra no la podía ganar un humilde alcalde, que mientras estaba con las musas regeneracionistas del Partido no atendía a que los otros se afanaban en el teatro de las cosas de comer.

   Se me dirá que para este viaje no era preciso acudir a los rigores de la ciencia. También se me puede contraargumentar que ya veremos qué pasa con Javier Lambán y Garcia Page, casos similares al del Presidente valenciano. Y con no menos razón yo podría replicar que no hay dos casos iguales. Pero entonces el epistemólogo menos exigente sentenciaría afirmando que de lo particular no hay ciencia. ¿Así que no hemos aprendido nada, para desconsuelo del profesor Sánchez-Cuenca? Hemos aprendido que se puede ser de Pedro Sánchez hoy y mañana antipedrista. Sabemos que si A=B y A ≠ C, B y C no pueden ser iguales. Esto lo dice la lógica. En política, sin embargo, se da que A y B pueden ir juntos y A y C estar en contra, pero mañana B y C amistarse, si se trata del interés general...

martes, 11 de julio de 2017

LA TRAMPA CATALANA

No sabría decir si la sociedad española sufre de esquizofrenia, se despreocupa de todo lo que no forme parte de las necesidades básicas de la pirámide de Maslow o simplemente está anestesiada y da la espalda a un hecho contundente e irreversible como es la inminente declaración de la independencia de Cataluña, al modo como ocurre con el fenómeno de la muerte individual que, aun sabiéndola de cumplimiento inexorable, la arrumbamos a la indiferencia de lo irreal.
En el sondeo del CIS de junio aparece el paro, la corrupción, la economía, los políticos, la sanidad, los asuntos sociales, la educación, la calidad del empleo, el terrorismo yihadista... como los problemas más acuciantes que preocupan a los españoles, figurando el conflicto catalán en un lugar irrelevante. Y, sin embargo, el hecho de que, al día siguiente del 1-O, sea cual sea el porcentaje de participación en el Referéndum, se declare la Independencia de Cataluña con un solo voto positivo de más, es un acontecimiento de trascendencia histórica inescrutable e impredecible, dramático en todo caso. La joven democracia española ha aguantado y superado envites de alto riesgo: el golpe militar del 23-F, el terrorismo de ETA, el terrorismo yijadista, la Gran Crisis económica de 2008 (si bien sus secuelas de miserabilización en las capas sociales perdedoras permanecen como llagas vivas todavía).
En otros escritos he mariposeado intelectualmente sobre las raíces históricas, la evolución de las coyunturas críticas, los antecedentes inmediatos y las culpas y responsabilidades del conflicto catalán hasta desembocar en el denominado procés. Lo he hecho desde una posición ideológica y política que está tan lejos de los nacionalismos, siempre venenosos, antihumanistas y premodernos (se afirman en la negación del otro ciudadano) como de los integrismos castellanistas. Aquí, hoy, me quiero limitar a identificar y definir ‘trampa catalana’ tendida al PSOE por los de un lado y los de otro. 
Lo tengo dicho. El Presidente Rajoy, aunque solo fuere por la manera de conducir en el último lustro el desafío del Gobierno catalán, estaría inhabilitado por incompetencia para cualquier cargo público, dejando al margen, que ya es dejar, la inmensa corrupción de su partido. En este punto surge la duda de si la estrategia seguida (inacción desidiosa mientras la escalada semántica y de hechos materiales del independentismo alcanzaba cotas intolerables) traía su causa en la incompetencia o en el cálculo electoral. La exigencia al Partido Socialista de permanente confesión de fe sobre la unidad nacional y la defensa de la Constitución colocaba a la organización socialista ante un dilema parecido al del asno de Buridán: elegir entre perder votos en Cataluña o en el resto de España. El asno de Buridán, entre el montón de heno y el agua, de tanto dubitar murió de inanición y el PSOE ha sufrido en las carnes del PSC graves quebrantos y también en el resto de España. Nunca fue suficiente la pureza de sangre nacional del PSOE y cada intento de buscar soluciones (el último Estatut, la doctrina de Granada, el federalismo...) fue tildado de ambigüedad, tibieza e inconcreción, cuando no de connivencia con los independentistas.
En estos momentos críticos, cuando abogados del Estado y constitucionalistas debaten si el artículo 155 de la CE debe aplicarse ya —pues los actos materiales preparatorios o vinculados a la consulta referendiaria son inconstitucionales (Sentencia 138/2000 del TC sobre el 9N)—, o debe esperarse a que el referéndum del 1-O se haya consumado, o ya debía haberse puesto en marcha antes de que el río acumulase tanta agua, como reprochan algunos, eminentes socialistas han echado su cuarto a espadas y han proclamado que procede aplicar el manido art.155. Es opinión de hace algún tiempo de A. Guerra, a la que se acaba de sumar F. González, con la matización de la gradualidad en su aplicación.

No discuto el fondo de esta posición de los prohombres socialistas del pasado, a título particular. Pero no es al PSOE a quien corresponde adelantarse y dar la solución técnico-jurídico-constitucional. Si hay que inhabilitar, multar, detener o encarcelar lo tiene que decidir el Gobierno de Rajoy. Y la Oposición ya dirá lo que tenga que decir. Al PP de Rajoy no le irá mal disfrutar de la trampa en la que se complació en meter a sus rivales políticos. Los que no somos hombres de Estado no queremos restar protagonismo al gran Rajoy, el hombre tranquilo del sentido común. El miura es suyo. A ver cómo sale de ésta, si usando la teoría de juegos o en el cómodo papel de Don Tancredo.

miércoles, 5 de julio de 2017

LA PRIMERA VICTORIA DE PEDRO SÁNCHEZ

Tanto en la preparación del derrocamiento de Pedro Sánchez (labor de topo de Susana Díaz, barones y corifeos) como en el asalto final (dimisión de la Ejecutiva de los ‘célebres 17’ y Comité Electoral del 1 de Octubre de 2016), el arma más potente utilizada fue la acusación al sitiado de ser un contumaz perdedor de elecciones y de haber conducido al PSOE a los peores resultados de la historia, lo cual literalmente no era cierto y contextualmente resultaba erróneo y manipulador de una realidad en la que habían aparecido dos fuerzas políticas emergentes con toda la vis atractiva de lo nuevo e incontaminado.
Es experiencia contrastada en la ciencia política (reconozco que juntar ‘ciencia’ y ‘política’ me da cierto pudor) el hecho de que no existe candidato a la dirección de un partido que logre asentar y fortalecer su liderazgo sin victorias electorales previas. Por ceñirnos a la democracia española: Felipe González se convirtió en líder supremo indiscutible, a pesar del contrapoder guerrista durante un tiempo primero, por mor de sus repetidos éxitos electorales; Aznar, personaje antipático, se endiosó tras su victoria por mayoría absoluta; Zapatero, a pesar de su bisoñez e inmadurez para la gobernación, nos hizo creer, tras sus triunfos en los comicios, en el poder taumatúrgico del llamado efecto Zapatero; Rajoy, el ser con menos carisma que imaginarse pueda, a consecuencia de su éxito electoral de 2011, ha devenido en líder intocable del PP, a prueba de la corrupción global que lo envuelve; Almunia, experto e inteligente, cayó por el fracaso electoral; Rubalcaba, la mejor cabeza política del momento, al decir del maestro F. González, sucumbió cuando del 44% bajó al 28% de votos socialista...
El caso del Pedro Sánchez de hoy es atípico. Pedro Sánchez es un renacido, según la definición mediática, de la muerte que le causó un susanismo ayudado por la derecha política y sus fuerzas mediático-financieras. Con su victoria sobre tan descomunal enemigo, el nuevo líder del PSOE ha inaugurado un escenario en el que la disposición de los actores políticos ha cambiado esencialmente. El argumento de la obra ya no va de PP, C´s y un PSOE confundido con el PP y sus políticas, ya en el imaginario social no encuentra eco aquello de un partido socialista formando parte de la casta, la trama o los de arriba o la triple alianza. La victoria de Pedro Sánchez sobre Susana Díaz va de esto precisamente: el PSOE viejo, con todos sus méritos de antaño y sus errores de hogaño, ha finiquitado y se ha puesto en pie un refundado partido socialista empeñado en comprender e influir en una sociedad compleja,  tensionada y convulsa por las incertidumbres de una revolución tecnológica, informática, robótica... que insinúa la modelación de un prototipo de hombre por definir.
Actualmente los bloques están claros: PP y C´s, a la derecha y PSOE y Unidos Podemos, a la izquierda. Se acabaron las telarañas y camuflajes semánticos que trajo aparejados el populismo postcomunista de Iglesias y cía (los de arriba, los de abajo, la casta, la trama, las élites, la gente...) en una artificiosa operación hermenéutica de la ‘hegemonía’ gramsciana.
 Esta percepción social de la separación nítida e inequívoca de los dos bloques, de derecha e izquierda, y el consiguiente ‘perdón’ de los pecados  socioliberales cometidos por el PSOE que ello implica, es la primera victoria del Pedro Sánchez renacido. Es más que una victoria estratégica. Se trata de ideología y de política. De momento estamos ante un éxito inicial, embrionario, que habrá de fortalecerse y cristalizar, según se desarrollen los congresos de las federaciones y, en especial, según le vaya al PSOE de Pedro Sánchez en la próxima confrontación electoral.
Todo lo que antecede se dice sub conditione de cómo salgamos de ‘la trampa catalana’, si vivos, malheridos o muertos... Porque ese sí que es en verdad un territorio desconocido.

viernes, 30 de junio de 2017

MITO Y REALIDAD DE LOS LÍDERES POLÍTICOS

Hace unos lustros Oskar Lafontaine, el que fuera Presidente del SPD, Ministro de Finanzas y uno de los conocidos como nietos de Billy Brandt, me sorprendió gratamente con estas dos reflexiones: se quejaba de que, curiosamente, la palabra amor estaba ausente del léxico del socialismo —hecho que le parecía paradógico— y, por otra parte, de que los políticos de primera línea (en la dirección política y/o gubernamental) soportaban una sobrecarga de responsabilidad para la que no estaban preparados objetiva, científica y moralmente. Sostenía el político alemán que en un mundo tan superespecializado y complejo (‘mundo terrible’ al que ya se refería décadas antes A. Gramsci) no había mente humana, por superdotada que fuese, capaz de hacerse cargo de todas las variables concurrentes en situaciones conflictivas y, en consecuencia, de tomar decisiones racionales.
 La primera conclusión de Oskar Lafontaine era que no debíamos confiar demasiado en las virtudes de nuestro dirigentes, por inteligentes y brillantes que pareciesen, que la mayoría de sus decisiones se fundaban más en la intuición, el tanteo y el ensayo/error que en análisis científicos de la realidad, lo que llevaba al corolario de la desmitificación de los liderazgos políticos. La otra conclusión, más optimista o cínica, si se quiere, consistía en el reconocimiento de la función social que cumplían los dirigentes al servir de cabezas de turco o chivos expiatorios para todo tipo de males y desgracias sobrevenidos; era aquello de Piove, porco goberno.
 Con la experiencia de los años, y con la convicción de que este mundo tal como está organizado resulta ingobernable (piénsese en Donald Trump dirigiendo el Imperio), he tenido ocasión de verificar que el admirar, ensalzar, magnificar, mitificar al fin a nuestros líderes es incurrir en una inocencia de la que uno acaba arrepintiéndose. También he alcanzado el convencimiento de que a nuestros gobernantes no se les puede dejar solos, pues ellos solos son incapaces técnica y moralmente.
  Personalmente, tengo en mi haber bastantes mitos que se me han caído a los pies con el tiempo. Me ceñiré a algunos casos pertinentes al partido socialista en que milito cuarenta años. Felipe González. Lo admiré mucho por su carisma, su poderío político, su labor modernizadora, sus éxitos electorales, de los que todos los socialistas obtuvimos rentas... Pero su deriva social-liberal, sus amistades, la apariencia de haberse alejado de la austeridad y ética de los fundadores del socialismo, amén de su persistencia en influir en el devenir del PSOE en la dirección marcada por el Grupo Prisa y su amigo J.L. Cebrián son hechos que lo han descendido del Olimpo a la condición mortal. Alfonso Guerra, más fiel a la pureza socialdemócrata en lo que pudo, hoy, sin embargo, entregado (léanse sus Memorias) a la reconstrucción de su relato para la historia, a cuyo efecto presume ostentosamente de grandes amistades en la derecha y de un españolismo jacobino penoso. Pérez Rubalcaba, otro gran socialista que alabé, incluso por escrito. Inteligente, dedicado, eficaz, un químico de la política. Se retiró a la Universidad para siempre. Y a las pocas lunas pasadas ya estaba de nuevo de vuelta, aconsejando —dice él—, moviendo fichas, conspirando, haciendo alquimia. Como no fui creyente de ‘el efecto Zapatero’ —aunque si admiré su moral—, el último expresidente socialista no me causó más decepción —que ya es bastante— que la de verlo alineado con F. González, Guerra, Rubalcaba y otras viejas glorias en la defensa del proyecto de Susana Díaz. ¡Cómo políticos tan inteligentes y valiosos podían estar tan ciegos apoyando un proyecto del pasado, sin futuro alguno! ¡Qué dios los condenó a ceguera tan ominosa! ¿El interés común por proteger el relato de sus historias? Hombres comunes al fin y al cabo, desmitificados.
  No espero milagros de Pedro Sánchez. Es joven y ha cometido y cometerá errores. Le voté por cuanto representa lo que puede ser un nuevo Psoe, sustituto del viejo devastado. Su éxito dependerá de si es capaz de dejarse acompañar por buenos compañeros.
          Yo, por si acaso, tengo siempre muy presentes las palabras con que Oskar Lafontaine termina el prólogo de su libro El corazón late a la izquierda: «Quienes visiten mi casa verán colgada una caricatura de Peter Gymann: en la escalera del gallinero posan, quietecitas, las gallinas; la parte superior está reservada a un cerdo. Y una gallina pregunta a otra: me gustaría saber cómo se llega arriba sin convertirse en cerdo».

sábado, 24 de junio de 2017

EN POLÍTICA NO HAY PERDÓN

El lema elegido por el candidato Ximo Puig a la Secretaría General del PSPV ,’EsquerraEnMarxa’, es coherente con el del Congreso Federal que entronizó de nuevo a Pedro Sánchez en la Dirección del PSOE, ‘Somos la Izquierda’.  Esta feliz coincidencia hace que me sorprenda no poco y me pregunte por qué el MH President se alineó de forma tan inequívoca, activa y protagonista con la oponente de Sánchez, Susana Díaz, cuyo discurso es bastante refractario al campo semántico del vocablo ‘izquierda’, por no hablar de otras contradicciones e incongruencias entre la personalidad política del líder valenciano y la lideresa andaluza y entre los intereses de las Comunidades por ellos representadas... Y, puestos a no hablar —lo que no equivale a olvidar—, correremos un tupido velo sobre la sargentada que decapitó a Pedro Sánchez...
Pelillos a la mar. El President ha pedido perdón por los errores cometidos y se ha aprestado a la reconquista de la Secretaría General del PSPV sin apenas dar tiempo a que cualquier posible rival decidiese competir con él. Imitando a su amiga Susana Díaz, ha hecho una primera manifestación de poderío desplegando a todas sus fuerzas institucionales, gubernamentales y orgánicas por tierra, mar y aire, o sea, por prensa oral y escrita, televisión y redes sociales (la imagen del candidato flanqueado por el Síndic del Grupo Parlamentario Socialista y por la Consellera de Sanidad es sobremanera disuasoria). Yo menos que nadie negaré que ganar la batalla a Ximo Puig en el campo mediático, y más con el DOGV a mano, es una empresa de titanes.
Otra cosa es si nos situamos en el territorio de los argumentos y los argumentarios. Y esto dicen los voceros del President: después de 22 años hemos recuperado el Gobierno de la Generalitat (no dicen que con los peores resultados de la historia), presentarle una alternativa las Primarias a nuestro President significa desautorizarlo y debilitarlo, una irresponsabilidad al fin, de la que, en palabras del propio afectado, «Ferraz deberá dar explicaciones»... Así que, fuera bromas orgánicas partidarias, y... ¡todos con el President, que nos jugamos mucho! Estas son cuestiones sencillas que las entiende todo el mundo, menos los ‘pedristas’ recalcitrantes que no se sabe adónde nos quieren llevar con su izquierdismo; lo entiende Mónica Oltra, con buenos vínculos con Manolo Mata, nuestro Síndic Parlamentario, y lo entiende Compromís... Todos por el interés general.
Pieza nuclear del argumentario oficial es la tesis de que el proceso de Madrid, Susana Díaz versus Pedro Sánchez, era uno y el proceso de la Federación Valenciana es otro diferente, por el ámbito y por su naturaleza, tesis que sirve de reclamo y cobertura para que gentes que estuvieron con Pedro Sánchez ahora puedan apoyar a Ximo Puig, que es el President.
Desconozco si los formuladores de tal tesis y los que se acogen a ella muestran una notable incapacidad intelectiva o un exceso de cinismo. La realidad es que no hay dos procesos diferentes, sino un único proceso, que es la transformación del PSOE en un nuevo partido, refundado, que deje atrás y se desprenda de las partes caducas incapacitadas para adaptarse a las consecuencias de la revolución social a cuyo lomo estamos galopando hacia territorios desconocidos.
Lo que está en juego, pues, no es el nombre de Ximo Puig o el de Rafa García y ni siquiera el de Pedro Sánchez. Lo que se dilucida es si el proceso simbolizado por Pedro Sánchez y destinado a la refundación de un nuevo PSOE -que es la única garantía de supervivencia a medio plazo- tiene continuidad en el PSPV o no.
Cortocircuitar, aquí en la Comunidad Valenciana, el gran movimiento de refundación del PSOE que iniciaron y protagonizaron los militantes tendría consecuencias letales. La renovada alineación de la federación andaluza y la valenciana nos pondría directamente fuera de la historia, incluidos aquellos y aquellas que puedan tener la tentación de volver, si fracasa Sánchez.
Ximo Puig ha pedido perdón por los errores. ¿No habrá perdón para él? Confesión de los pecados, arrepentimiento, contrición, atrición... son fantasmagorías de la conciencia religiosa. En política no hay perdón. Hay responsabilidad.

EL NUEVO PSOE DE PEDRO SÁNCHEZ Y LA INTEGRACIÓN

El acto del recinto ferial Ifema, del 26 de marzo, de presentación de la candidatura de Susana Díaz a la Secretaria General del PSOE fue una demostración de fuerza imponente, avasalladora, soberbia. Allí no faltó nadie de los que han sido, son y aspiraban a ser algo en el Partido Socialista. Los estrategas de la Gran Parada siguieron el primer principio de ‘El Arte de la Guerra’ (Sun Tsu), vencer al enemigo sin tener que entrar en combate, infundiéndole miedo disuasorio, pero no tuvieron en cuenta el diagnóstico de San Agustín según el cual «la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano». Y así les fue. Tan insano, tan erróneo había sido el análisis de la situación, que Felipe Gonzalez —el que desde los micrófonos de la Ser había lanzado esa especie  de ’Grandola. Vila Morena’ contra Sánchez (Borrell)—, humillado y urgido por la prensa, se vio obligado a reconocer tras la derrota de su protegida: «Sí, estoy en minoría, pero hay que apoyar a la mayoría..., estoy en minoría como en otras ocasiones». ¿Hay cinismo en las palabras de Felipe González o ha encontrado la sabiduría por medio de la humildad siguiendo al Rey Salomón? La cuestión de fondo, sin embargo, es si el ex Presidente está en minoría o está en la Historia.
   Que la parte perdedora acepte la victoria de la parte mayoritaria e intente integrarse, colaborar y apoyarla es norma de obligado cumplimiento democrático; y que los vencedores sean generosos y eviten purgas y limpiezas étnicas no sólo resulta noble y moral sino recomendable desde el punto de vista práctico. Así se produce el discurso políticamente correcto y pocos se atreven a contrariarlo en público o a ponerle matices.
   Cierto es que la disputada elección de un nuevo líder implica una crisis de la organización, que se trata de resolver haciendo votar a la militancia. Pero hay crisis y crisis. La de mayo de este 2017 era a vida o muerte. Al menos, así la viví yo y gran parte de la militancia socialista. El PSOE aparecía ante la sociedad española como un partido viejo, caduco, del pasado; coautor de políticas neoliberales contrarias a las clases trabajadoras; incurso en casos de corrupción asimilables a los del PP; lastrado por avejentados líderes reacios a hacer mutis por el foro; responsable, vía ABSTENCIÓN, de la continuidad en el Gobierno de un partido carcomido por una corrupción insoportable; con unas perspectivas electorales declinantes, abandonado por las clases urbanas y los jóvenes... La imagen de Susana Díaz en Ifema, flanqueada, a la derecha, por F. González y Rubalcaba y, por la izquierda, por Zapatero y Guerra, era la de un daguerrotipo recuperado del desván del tiempo y ésa no podía ser la referencia de ningún tiempo de futuro. Así lo entendió la militancia, que se pronunció mayoritariamente, contra viento y marea, por la refundación de un nuevo PSOE. Es lo que ahora está en juego.
   Pedro Sánchez, con su ‘NO es No’, y su ‘sacrificio’, se ha redimido él y nos ha redimido a todos los socialistas que le acompañamos en el Viacrucis. Ahora está en estado de Gracia. Pero la Salvación es trabajosa y los dilemas no han desaparecido de su horizonte político: debe administrar con generosidad la victoria, lo que supone integrar a la fracción vencida con su lideresa y barones al frente (?) y, al mismo tiempo, evitar que la integración (hacer un todo o conjunto con partes diversas) contamine y desvirtúe el proyecto. Si, pasado el tiempo, a los electores se les da ocasión y razón para concluir que todo sigue igual, que, enfrentado o integrado, el PSOE sigue siendo el de antes, todo el esfuerzo habrá sido inútil y elección tras elección no habrá más destino que el de la irrelevancia.
  La tarea es ardua. La Generación 2K, Z, 2018, Selfie o como quiera llamarse lleva en la mochila todo el peso de la crisis económica. Según el INE, a finales de 2016 había en España casi ocho millones de nacidos desde el año 2000. La primera cohorte votará ya en las próximas Elecciones. Estos chicos y chicas son hijos de la Generación del Baby-boom del 70 del siglo pasado, generación que fue criada con un cierto desahogo y bienestar y que ahora vive la frustración de la crisis y el desapego de los partidos tradicionales a los que culpa de su derrota vital. Estos nacidos en el siglo XXI, dice José Durán (El Salto, núm. 1), son la primera generación que crece mientras ve a Pablo Iglesias por televisión.
   Insisto: el reto de Pedro Sánchez no es fácil. La lejanía mental, icónica y emocional de la dirigencia y militancia del PSOE tradicional respecto a los nuevos jóvenes es demasiado grande. Podemos está tratando de crear una red de comunicación a su alrededor. Pero el PSOE, como ya he escrito hace algún tiempo, no tiene quién le escriba...
  En fin, lo dicho: la cuestión clave es dilucidar y decidir si Felipe González y todo lo que hoy representa está en el Psoe, aunque sea en minoría, o ya está en la Historia. La cosa está entre el Vae victiis y el Curate victiis.