lunes, 10 de marzo de 2014

INCIERTO PORVENIR DE LA ESCUELA PÚBLICA (y III)




La entrega anterior sobre el futuro de la escuela pública nos llevó a la conclusión de que el título del escrito contradecía a su contenido: más que incerteza lo que asomaba en el horizonte era la certeza de su ocaso y marginación.
Entonces, ¿qué hacemos los que creemos en el superior valor social de la escuela pública? ¿Nos conformamos y dejamos que los vientos nos lleven adonde “naturalmente” nos arrastran? La respuesta debe ir precedida de una reflexión previa: ¿hay alguna posibilidad de torcer el rumbo de las cosas? ¿O el vendaval privatizador es tan fuerte que no hay voluntad humana que lo pueda domeñar? Antes de desistir y renunciar o combatir y resistir conviene tener en presente que el futuro de la escuela pública va uncido al de la izquierda, de forma que si no hay izquierda, no hay escuela pública posible, y si ésta no existe, la izquierda carece de toda posibilidad de gobernar. Por tanto, desde una posición de izquierdas  ─en la que me sitúo─, la defensa de la escuela pública, sean cuales sean los obstáculos,  me resulta insoslayable.
Esta defensa cabe plantearla desde dos escenarios alternativos: un primer escenario es el que supone la continuidad de los gobiernos neoliberales conservadores  de la Unión Europea. Y el otro escenario contaría con el recambio de gobiernos socialdemócratas y progresistas proclives a lo público.
En el primer escenario las posibilidades de acción en pro de la escuela pública son escasas, limitándose a las movilizaciones callejeras del tipo “marea verde”. No había que renunciar a estas lícitas acciones extraparlamentarias, pero a sabiendas del riesgo que implican: el malestar en la comunidad educativa pública, y especialmente entre los principales protagonistas, los profesores, se convierte en un elemento aversivo para las familias, que acaban buscando refugio en la tranquilidad de los centros concertados. De modo que esta alternativa nos coloca en un diabólico círculo vicioso.
El segundo escenario es más esperanzador. En el supuesto de que, aquí en España, por ejemplo, volviese a gobernar el Partido Socialista solo o en alianza con otras fuerzas progresistas, la escuela pública podría empezar a recuperarse a condición de que se pusiesen en marcha radicales e inmediatas reformas en el sentido que a continuación se indica:
En primer lugar, la escuela pública, hija de la ideología de la Ilustración y de la Revolución Francesa e instrumento integrador de los estados-nación del siglo XIX,  deberá actualizar sus rasgos definitorios: será universal, gratuita, accesible a todos, común, obligatoria desde los 3 a los 16 años; será objetiva, científica, garantizadora de la libertad de cátedra y de método de los profesores; laica, incompatible con intromisiones de cualquier confesión religiosa, lo que supone denunciar los Acuerdos con la Santa Sede; cívica y moral, empeñada en la formación de ciudadanos “capaces de saber elegir” en democracia lo que les conviene;  responsable de la función de integración europea e internacional, una vez superado el marco de integración nacional decimonónico; participativa, a partir del diálogo directo y personal de la familia con el profesor de aula o tutor, para ascender desde ésta base firme a otros superiores órganos de representación… (el modelo actual de los consejos escolares ha de ser reformado por la elemental razón de que no funciona y no puede defenderse en la teoría algo que no funciona en la práctica).
En segundo término, y una vez redefinidos los objetivos y funciones de la escuela pública, habría que tomar medidas del tenor siguiente:
1.           Proclamación política y determinación legal de la prioridad de la escuela pública, reservando para la privada-concertada un papel complementario y subsidiario.
2.           Revisión de todos los conciertos actuales bajo  el criterio de que sólo deben mantenerse los que resuelven problemas de escolarización.
En tercer lugar, habrían de implementarse reformas en esta triple dirección:
1. Desburocratización. De la gestión administrativa, por supuesto, pero, sobre todo, del núcleo mismo del proceso de enseñanza-aprendizaje, pues la burocracia se ha inoculado en la entraña de la relación educativa maestro-alumno. No es tarea fácil. Un primer paso de carácter instrumental, si se me permite la aparente extravagancia:  reducir a un tercio el contingente de profesores, psicólogos y psicopedagogos destinados en la burocracia de las Consejerías de Educación que subliman su verdadero sentido profesional de enseñantes a través de un hiperactivismo en la producción de legislación pedagógica , la cual  cae como una nube tóxica sobre los profesores a pie de obra.
2. Autonomía de Centros y Profesores. El lema a imponer es éste: señores directores y profesores, aquí tienen este Centro educativo, estos recursos y estos objetivos a conseguir. Al final serán evaluados los resultados. Hasta ahora lo acostumbrado es proclamar enfáticamente la autonomía para, acto seguido, inundar los Diarios Oficiales de leyes y reglamentos explicativos de las estrictas formas en que los protagonistas pueden se autónomos.
3. Acción sobre el profesorado. Es cierto el tópico de que el profesorado es el factor principal de la calidad de la educación. Dicho lo cual, el reformador educativo, con el Boletín Oficial como guadaña en ristre, se lanza sobre el intrincado campo normativo y no deja títere con cabeza. Cambia estructuras, modifica terminologías ( lo que antes era capacidad de aplicar conocimientos ahora es “competencia”; atención se llama hoy lo que ayer se denominaba educación personalizada…), reordena contenidos, impone mecanismos nuevos de evaluación, etc. Del profesorados se vocean las cuatro adulaciones de rigor (trascendencia de su misión, exigible consideración social, prestigio…) y se añaden, con categoría de ley, otros imperativos que no son m´´as que meras recomendaciones morales.
Y, sin embargo, como tenemos bien sabido, toda reforma que no empiece y termine por el profesorado es letra muerta.  La reforma del profesorado  debe ser integral y referirse a su formación inicial, sistema de selección y acceso a la función pública docente y a su estatuto profesional y régimen jurídico.

El porvenir de la escuela pública en España va a depender de estas reformas apuntadas. Sólo pueden se acometidas por gobiernos socialdemócratas y progresistas. Otra cosa es que sean capaces, en su caso, de sobreponerse a un impedimento: la resistencia corporativa y gremial de aquellos sectores de la comunidad educativa pública con cuyo concurso se accedió al poder. Si, llegado el caso, el Partido socialista no se atreviese, como en otras ocasiones, a redefinir las funciones y objetivos de la escuela pública del siglo XXI, ésta ya no tendría futuro alguno para nuestra desgracia.

INCIERTO PORVENIR DE LA ESCUELA PÚBLICA (II)




Hemos dado  noticia en la entrega anterior  de cómo se trazó el perfil de la escuela pública en las democracias occidentales a partir de las ideas de Condorcet expuestas en su célebre Rapport y en sus Cinco Memorias.
 Las ideas educativas de Condorcet ─expresión pedagógica del ideario de la Ilustración y de la Revolución Francesa─ se difundieron por los principales países europeos. El fenómeno tuvo algo de paradójico, pues se desarrollo a través de las guerras napoleónicas provocadas en gran parte por las Alianzas antiilustradas de los reductos del Antiguo Régimen de Europa.
Con sus distintas peculiaridades se fue consolidando en los países europeos una escuela pública, accesible a todos, gratuita, común, laica, científica, cívica y moral al servicio  de la integración nacional y social. Al día de hoy ─e incluimos también la escuela de EEUU─ es mayoritaria, teniendo la privada poco peso porcentual.  El caso de España es  singular, no sólo en términos cuantitativos sino también jurídicos.
Globalmente, en las últimas décadas la población escolar en los estudios básicos se cifraba en un 70% para la escuela pública y un 30% para la privada, con una distribución desigual entre las distintas CCAA. Mientras la enseñanza privada está muy por encima de la media del total de España en Baleares, Cataluña, Comunidad Valenciana, País Vasco y Madrid, en el resto de CCAA como Castilla la Mancha, Extremadura, Canarias, Andalucía y Asturias  la escuela pública acoge a más del 80% del alumnado. Sería interesante averiguar el papel que en el fenómeno juegan  el signo político de los gobiernos últimos, la renta, la dispersión de la población, etc., pero no ha lugar aquí y ahora. El hecho radicalmente significativo es que en los más importantes núcleos urbanos (Madrid, Valencia…) el sector público se contrae el privado-concertado  avanza descaradamente con el apoyo del gobierno del PP al socaire de la tramposa libertad de elección de los padres.
La escuela pública está abierta a todo el mundo por igual, es accesible sin restricciones materiales, religiosas o ideológicas a los alumnos de cualquier procedencia; es más proclive al diálogo democrático que a la jerarquización como método comunicativo; su gestión resulta más compleja por participativa y supone y predica valores de cooperación, equidad, espíritu crítico y aprendizaje democrático. La escuela privada, por el contrario, tiene un dueño o titular que busca el beneficio económico y/o el ideológico;  cuenta con una gestión más ágil, menos burocratizada, y de facto promueve valores como el individualismo, la inequidad, la jerarquización, la disciplina, el conformismo y la acomodación a las necesidades no tanto del ser humano como del sistema de producción.
Pero, sean como sean las cosas en teoría, el hecho es que en los últimos años en España las familias han venido mostrando su preferencia por la escuela privada concertada. La escuela “privada concertada” es el otro aspecto de la singularidad del caso español que más arriba señalábamos. Se trata de un engendro jurídico: un titular privado y unos fondos públicos para gestionar el servicio público de la educación.
La respuesta a la pregunta de porqué las familias prefieren la opción privada-concertada tiene fácil respuesta dentro del discurso de la competencia en los  “los mercados educativos” en los que se dan éstas, entre otras, engañifas: considerar la educación como una mercancía más que se adquiere en el mercado; permitir  en la práctica ─diga lo que diga la normativa─ la selección de los “mejores” alumnos;  aceptar acríticamente que los centros concertados ofrecen mejores rendimientos cognitivos y una formación en valores éticos superior (en contra de lo que fiables estudios experimentales han demostrado, si se descuenta el “efecto contagio de los compañeros”).
La desafección de ls clases medias y medias bajas de la escuela pública en España, como en tantas otras corrientes de opinión, no es flor natural del jardín nacional. En EEUU, por ejemplo, la Comisión Nacional por la Excelencia en Educación (¿le suena al lector esto de la “excelencia”?) ya alertó en 1983 de “la nación en riesgo” por el fracaso de la educación pública. Reforma tras reforma, incremento de gasto tras incremento, los rendimientos académicos fallaban y la conclusión fue: la escuela pública no funciona, no sirve, hay que reinventarla. En este  contexto surgieron las “escuelas charter”, especie híbrida de pública-privada, brecha a la privatización en el fondo.
Un repaso panorámico al estado de la escuela pública nos aporta datos como los que siguen:
1.- En los países de las democracias occidentales predominan los gobiernos de signo conservador-neoliberal favorables a la privatización de todos los servicios públicos, siendo la educación y la sanidad presas codiciadas por los tiburones del mercado.
2.- La ideologización de las clases medias ha bebido el hechizo de “la libertad de elección “del centro y del tipo de educación de sus hijos, en línea con el individualismo y el sálvese quien pueda más insolidarios.
3.-La función de integración nacional que a la escuela pública la conformación de los estados-nación, hoy, con la globalización, ha quedado en gran parte obsoleta. Subsisten las naciones como territorios y sistemas jurídico-políticos más o menos independientes, pero las empresas transnacionales han generado “naciones económicas” extraterritoriales (así el presidente de Iberdrola se siente más inglés o mexicano que español).
4.- Paradójicamente respecto al punto anterior, en la Autonomías de predominio nacionalista (País Vasco y Cataluña) donde la función de integración nacional de la escuela publica habría de tener vigencia todavía, no es necesaria, pues esta función nacionalizadota la cumple la pujante escuela privada-concertada en manos de la Iglesia mayormente. Ya sabemos que el sentido comunitarista eclesial comulga íntimamente con el espíritu nacional del pueblo (el clero siempre está con el espíritu del pueblo).
5.- Desahuciada la escuela pública por su bajo rendimiento, por su despilfarro de recursos, por su fracaso al fin (diagnóstico marrullero, intelectualmente inaceptable, pero eficaz en la opinión pública), las reformas privatizadoras tienen el camino expedito (así viene la LOMCE).
6.- Hay dos defectos importantes de la escuela pública de difícil corrección. El uno apunta a su propia naturaleza. La pregunta sigue siendo pertinente: “¿Es pública la escuela pública?” ¿O es sólo de los profesores?”
El otro defecto se llama burocratización. Burocratización de la gestión administrativa, de los procesos de enseñanza-aprendizaje, de las relaciones internas y externas de la organización educativa, del régimen jurídico y estatutario del profesorado y demás personal, etc. Todo concluye en la ingobernabilidad del sistema educativo público.
7.- Puesta la educación a la intemperie del mercado, reducido su objetivo a la formación de individuos para satisfacer las necesidades del aparato productivo y aceptada como un hecho natural la selección de los alumnos de mejor extracción socioeconómica, la escuela pública no puede competir con la concertada.
8.- En los términos ideológicos en que se plantea la controversia en España, es obvio que la clientela de la escuela privada concertada se inclina electoralmente hacia el Partido Popular, que le garantiza la libertad de elección de educación para sus hijos, o eso cree.
Todo lo que hasta queda escrito nos conduce a un curioso convencimiento: el título de este artículo está equivocado. No es que el porvenir de la escuela pública sea incierto. Mas bien lo cierto es que, tal como están las cosas,  el futuro de la escuela pública es decadente, subsidiario y marginal.