martes, 8 de marzo de 2016

EL ARREGLO ESCOLAR ante la pugna escuela pública/concertada.

En la dinámica cíclica de la gestión educativa, que se repite curso tras curso, hay un tramo entre los meses de enero y mayo en que se procede a ajustar el número de unidades escolares que deben funcionar en cada centro educativo, de acuerdo a la evolución de la matrícula prevista para el curso próximo, consecuencia de los alumnos que entran y de los que salen. Esta es una operación sencilla como la aritmética. Fijados los criterios por la Administración (ratios profesor/alumnos, según nivel, etapa o tipo de alumnado y enseñanza...), el resultado viene dado sin más. Si en un Colegio de Primaria salen tres grupos para el Instituto y sólo entran dos en Primer curso, habrá que suprimir una unidad. De igual modo que si una Escuela rural reduce su matrícula a tres, dos o un alumno deberá cesar de funcionar por mucho griterío demagógico que se forme.
En el momento en que escribo estas líneas la Administración Educativa valenciana está enfrascada en el proceso de planificación o reajuste de unidades escolares para el curso próximo, que convencionalmente se denomina arreglo escolar. Pero en la Comunidad Valenciana existe en este momento un gobierno de izquierdas, combinación del PSPV y de Compromís. La cartera de Educación la desempeña un miembro de Compromís −partido Bloc−, lo que no empece para que en la oposición escuela pública/concertada no se haya suscitado discrepancia alguna. Todas las partes de la izquierda gobernante están de acuerdo en favorecer y promover la escuela pública y en reducir la escuela privada concertada a un papel subsidiario y complementario, según se afanaba en declarar el joven Conseller desde el minuto uno de su nombramiento.
Intenciones de política educativa tan explícitas suponían en el terreno práctico que, si se llegaba a la necesidad objetiva de suprimir unidades escolares, una vez recuperadas las ratios anteriores a los recortes de la crisis y creadas unas condiciones de cierta holgura en las plantillas, los actuales administradores de la educación valenciana habían de optar por meter la tijera en el campo del sector concertado, de por sí sobredimensionado en España en relación con Europa, e incrementado desaforadamente tanto aquí como en la Comunidad de Madrid por los últimos gobiernos del PP.
¿Qué hará, pues, la nueva Administración?, ¿suprimirá puestos públicos o los reducirá en el sector concertado? La solución parece fácil, si es que en política hay algo fácil, y esta decisión es netamente política. Los Inspectores de las respectivas localidades, a la vista de los datos, hacen sus propuestas de incremento o decremento de unidades y  la Dirección General correspondiente decide, una vez escuchadas las alegaciones de los Consejos Escolares de Centro o Municipales... Y es aquí donde entra en juego no la política, sino la mala política o política de campanario que pone en marcha la presión de intereses demagógicos canalizados a través de los alcaldes... Pero esta es otra cuestión. Ahora queremos saber si la Conselleria del señor Marzà se atreverá a reducir conciertos, si ya no son necesarios por existir vacantes en los centros públicos. De momento, las instrucciones provisionales de enero de 2016 de las Direcciones Generales competentes que sentaban los criterios para modificar el número de unidades, en el apartado 4.1.2., en su último párrafo se decía: «En aquellas localidades donde sea necesario disminuir unidades se tendrá en cuenta la ratio media de la localidad en el nivel correspondiente a los efectos de realizar propuestas de supresión en los centros docentes privados concertados, mediante una modificación del concierto». Tenemos noticias de que todo el apartado 4.1.2. de estas instrucciones provisionales ha desaparecido.

Quedamos, pues, a la espera −no sin cierta curiosidad malsana− de cómo procederá la Administración Educativa de Compromis, sector Bloc. Que una cosa es predicar y otra dar trigo. Querer promover el sector público de la educación es bueno, saber hacerlo resulta tan imprescindible como difícil, dada la complejidad de la realidad y ‘los derechos adquiridos’ rampantes. Y poder llevarlo a buen puerto exige políticos muy experimentados y valerosos. Cuántas veces la voluntad quiebra, se desvanece y se hace inane a los pies de la ignorancia y la incompetencia...

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