martes, 26 de septiembre de 2017

EL NACIONALISMO, ESE MAL

A mi querido amigo Antonio Valero, que es víctima en la provecta edad del nacionalismo independentista catalán


Hace no sé cuánto tiempo el procès se ha instalado en una cierta intemporalidad ya, una diputada de la antigua Convergència i Unió, en tertulias televisivas, solía repetir en forma de ecolalia: «¡Nos vamos!, ¡nos vamos!, ¡nos vamos!, señores españoles». Un amigo mío, residente en Cataluña de toda la vida, airado por la opresión de la militancia independentista, al ¡nos vamos! de la diputada catalana, heredera del patrimonio pujolista, con no poca sorna, me espetó: «¡Que se vayan!, ¡ya tardan!, lo pueden hacer por Portbou o por Hendaya, por mar o por tierra, que elijan uno de los 602 mojones que separan España de Francia, desde las orillas del Bidasoa hasta Cap Cervere». Hace unos días, en una peluquería, lo único reproducible que escuché sobre los catalanes que quieren irse fue: «¡Que se vayan, pero que dejen todo como está, que no se lleven ni una piedra...!» Lo demás forma parte de la panoplia de insultos de que la lengua castellana es tan abundante. 
Tampoco la lengua catalana se queda corta ninguna lengua lo hace a la hora de acopiar recursos léxicos eficaces para vejar y ofender al enemigo. Si no, que se lo pregunten a los alcaldes socialistas que no han obedecido la ley ilegal del Parlament... En este punto está el procés: los diferentes pasaron a competidores, después a rivales, luego a enemigos y de la polémica política normal se ha pasado a la violencia simbólica de la palabra insolente, irrespetuosa, humillante, injuriosa y agresiva. Perversas palabras, malos sentimientos que nacen de la tierra envenenada del nacionalismo.
Todo el mal nace de la gestión malvada de la idea de diferencia. Los hombres nacemos en unidades comunitarias y organizativas que se van ampliando conforme crecemos. El hombre se identifica con su familia, con los compañeros de aula, de colegio, de barrio, de ciudad, de país, de continente, del mundo... Desde cada nivel de identificación, según la edad, los niveles superiores son percibidos como diferentes y extraños. Hay quien fija su vínculo de pertenencia en la comunidad nacional, desistiendo de cualquier otra religación superior, y hay quien solo se siente concernido por pertenecer a la ciudadanía del mundo, a la república común de los derechos ciudadanos de todos los hombres y mujeres de todos los rincones de la Tierra. Es cuestión del grado civilizatorio que cada uno haya alcanzado.
En los estadios inferiores del desarrollo humano, la percepción de la diferencia se ve lastrada por la emoción del miedo y el temor a lo desconocido, recurso fisiológico éste que está al servicio de la supervivencia. Cuando en el hombre adulto persiste el miedo-temor-rechazo a otro hombre por ser de otra raza, nación, orientación sexual o cualquier otra diferencia tenemos un problema. El problema del nacionalista es que no ve más allá de su nación, su nexo con ella es emocional, irracional, totalitario. La admira, la ama y la exalta por ser la mejor tierra del mundo. Su lengua, sus costumbres, sus instituciones, su folklore y su cultura constituyen un volkgeist, un espíritu atávico que inspira y dirige al pueblo elegido hacia su destino eterno. En ese espíritu colectivo se funde el individuo y se hace valiente y hasta temerario, se hace fuerte ante los otros, los diferentes. El nacionalista es siempre un miedoso que transforma el miedo en arrojo cuando se funde con la masa.
El nacionalismo es corrosivo para la lucha de clases. La idea nacional conduce a un interclasismo en que los intereses de las clases trabajadoras se diluyen y confunden con los de las élites económicas que azuzan y amenazan con el independentismo según su conveniencia. El nacionalismo es egoísta e insolidario, frente a un nosotros encastillado construye un los otros enemigo con el que libra una guerra de resultado de suma cero. En contra de la ayuda y el apoyo mutuo como praxis social para la perfectibilidad humana, el nacionalista es partidario de la competencia salvaje y la selección natural de los más fuertes para mejorar la especie.
Todo lo que toca el nacionalismo lo corrompe. Póngase el adjetivo nacional a cualquier substantivo y compruébese el efecto dañino: el socialismo se convierte en el nefasto nacionalsocialismo; lo católico, en nacionalcatolicismo; el espíritu, en espíritu nacional; la fiesta, en fiesta nacional; la lengua, esa inefable creación de la cultura, pasa a ser nacionalismo lingüístico, en lucha con las otras lenguas. Académicamente se distingue entre centrípeto, centrífugo, económico, cívico, étnico, romántico, religioso, lingüístico... No hay que engañarse. Los sentimientos y valores subyacentes a la ideología nacionalista son siempre los mismos: miedo y rechazo al diferente, egoísmo e insolidaridad; irracionalidad y emotividad conniventes con una inmadurez civilizatoria.

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