jueves, 1 de agosto de 2013

EL FRACASO ESCOLAR Y LA REFORMA EDUCATIVA


El fracaso escolar se ha constituido en los últimos años en cuestión nuclear de la educación. Se suele medir en términos de abandono escolar prematuro y de no obtención de las titulaciones académicas propuestas. Fracaso significa frustración, no lograr los objetivos previstos, hecho que da pie a la entrada en escena de los reformadores de los sistemas educativos.
En España la tasa de abandono temprano es del 26,5% en 2011, muy por encima del 10% fijado por la Estrategia UE para 2020. El valor medio europeo está en el 13,5%. Por otra parte, la tasa de titulados  en educación secundaria entre los 25-35 años la tenemos en un 65%, frente al promedio OCDE del 82%. (2012). Además, el Informe Pisa-2009 nos da resultados por debajo de la media en comprensión lectora, competencia matemática y competencia científica.
De acuerdo a estos parámetros convencionales la educación en España debe mejorar notablemente. Ahora bien, si la educación es en parte preparación para la inserción en la vida laboral, no debería hablarse de fracaso escolar, sino de catástrofe del sistema económico y social, pues desgraciadamente nuestro país exporta ingenieros, arquitectos, médicos, enfermeros, investigadores, etc.
El fracaso escolar depende de los objetivos fijados convencionalmente y éstos están inspirados en axiologías múltiples y contradictorias, de donde trae causa un relativismo desbordante que inunda el campo semántico éxito-fracaso; por lo que hacer pivotar una reforma educativa sobre él es hacerlo sobre arenas movedizas. Yo más bien creo que esta centralidad del fracaso escolar en la agenda educativa se debe a una operación ideológica que trata de distraernos de los auténticos problemas de la educación y del sistema económico.
En la tradición ilustrada y revolucionaria de 1789 circula consistentemente la idea  de que en la educación está el fundamento de la libertad de los individuos y de las naciones. Hoy, mediante la revolución tecnológica y de las TICs, las transformaciones de la economía global han generado un tipo de trabajadores especiales clasificados como “analistas simbólicos”, de altas capacidades para el pensamiento abstracto, sistémico, crítico y creativo, dispersados en empresas o corporaciones transnacionales organizadas en red. La nación como “economía nacional” está desapareciendo y queda reducida al territorio y a los ciudadanos que lo habitan.
Se habla de “economía a rayas”, en la que las rayas blancas estarían formadas por trabajadores creadores de alto valor añadido y las zonas oscuras las ocuparían los trabajos de baja o nula especialización, junto a parados y demás marginados. Objetivo de los gobiernos deberá ser implementar sistemas educativos que formen el mayor número de ciudadanos para profesiones del tipo “analistas simbólicos”.
La reforma educativa que propone el Partido Popular se basa en “evidencias”, según pregona el ministro, señor Wert. Las evidencias son éstas: los países que han mejorado son los que han introducido en sus sistemas educativos modificaciones relativas a la “simplificación del currículo”, “el refuerzo de los conocimientos instrumentaales”, “la flexibilización de las trayectorias” (itinerarios), “el desarrollo de sistemas de evaluación externa censales”, el “incremento de la transparencia de los resultados”, la “promoción de una mayor autonomía y especialización de los centros docentes”, mejorar la exigencia  a estudiantes, profesores y centros docentes de la rendición de cuentas, y el incentivo del esfuerzo.
Pero estas evidencias del señor Wert son contradichas por la experiencia y la teoría del profesor menos avisado. Los factores de la enumeración anterior que la LOMCE propone reformar son ambivalentes, es decir, adquieren positividad o negatividad en función de las estructuras, matrices, contextos y tradiciones culturales en que se inscriben. Por otra parte, los resultados escolares en el País Vasco ─que resisten toda comparación con los países europeos mejor situados─ demuestran que dentro del sistema escolar actual se puede tener éxito.
En escritos posteriores iremos viendo el sentido real que tiene establecer itinerarios a cierta edad, agrupar el currículo, reforzar los conocimientos instrumentales y demás propuestas reformadoras. De momento, conviene  dejar la sospecha de que las modificaciones formales de la Ley no tienen más propósito que el de resolver el problema disciplinario de los alumnos de ESO estabulándolos en espacios separados, apuntalar la religión católica y excluir la educación para la ciudadanía.
Una reforma que sobre la esencial cuestión del profesorado se limita a remitirnos a la elaboración futura de una ley de la función docente es estéril e impostora. El día que un reformador  afronte  radicalmente la formación inicial y la selección de los profesores estaremos ante una reforma educativa creíble. Mientras, estamos como Sísifo, empeñados en una tarea imposible.

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