viernes, 7 de febrero de 2014

¿ESTÁ EN PELIGRO LA UNIDAD DE LA ESPECIE HUMANA?




La palabra humanidad, entre otras acepciones, designa el conjunto de seres vivos, de distintas razas, clases, naciones y tribus que pertenecen a la misma especie, la especie humana. Podría decirse con verdadero sentido que la humanidad es como una gran familia en la que todos están ‘emparentados’ entre sí por muy alejados que se encuentren. En potencia, cada individuo puede ser pareja de cualquier otro.
John Locke, en el siglo XVII, había afirmado que “los límites de las especies, por haberlos elegido el hombre, son artificiales”. Linneo, padre de la biología sistemática, sostuvo contrariamente que las especies eran entidades creadas de forma directa por Dios y que nadie ni nada podía modificarlas. Darwin demostró que el hombre forma parte de la naturaleza, que es naturaleza, y que la especie humana como todas las demás ha evolucionado y seguirá evolucionando a partir de antepasados distintos.
Antes de los progresos de la genética no era posible alcanzar una comprensión satisfactoria de la naturaleza de las especies. Hoy estamos en condiciones de afirmar que la humanidad es una población mendeliana única, inclusiva, es decir, que la humanidad posee un acervo de genes común, que ha evolucionado y probablemente seguirá haciéndolo, pero como  ‘un sistema genético único’.
Los sistemas genéticamente abiertos normalmente de forma gradual van divergiendo hasta formar sistemas genéticamente cerrados (especies nuevas).  Este proceso de cierre genético se llama especiación o formación de una nueva especie. La humanidad es, pues, una población mendeliana cerrada, un sistema  único, fuera del cual no puede haber intercambio genético. En consecuencia, todos los hombres de bien deberíamos suscribir aquellas hermosas palabras de Jonh Donne: “Estoy implicado en la humanidad”.
Sin embargo, poco de lo que uno observa a su alrededor aboga por la visión humanista que se desprende de las nociones de biología que preceden. Al contrario. El visitante de otro planeta no necesitaría ir a bibliotecas y hemerotecas y leer los informes de Oxfan Intermón o el último libro de Zygmunt Bauman para apercibirse de que las 85 personas más ricas del mundo tienen la misma riqueza que los cuatro billones  más pobres de la tierra… Las diferencias en la disposición de los recursos las contemplaría de inmediato entre unos continentes y otros, entre naciones, entre ciudades, entre la ciudad y el medio rural, entre unos hombres y otros, entre hombres y mujeres… Por doquier hallaría individuos derrotados por la drogadicción, por la enfermedad, por una educación deficiente;  se daría de bruces con minorías sociales excluidas de la sociedad, especie de submundo al que le resultaría difícil identificar como humano.
Si ese imaginario visitante extraterrestre tuviese veleidades de psicómetra y se aplicase a medir la inteligencia de los humanos con el instrumental psicotécnico del stablishment académico, se encontraría con diferencias abismales; se encontraría con que “el mayor número de débiles mentales, cretinos, retrasados e idiotas lo detectan los tests entre estos niños”, los de las clases populares. “El test sirve para reforzar y justificar científicamente la división de clase que la escuela reproduce ya de antemano” (Michel Tort).
No sería descabellado suponer que el huésped planetario, vista la desmesurada desigualdad entre seres de la misma especie, al despedirse de sus anfitriones, esos 85 hombres más ricos del mundo, se atreviese a decirles un discurso parecido a éste: “Muchas gracias, señores míos, por sus atenciones. Trasladaré a los líderes de mi planeta su amable acogida y las facilidades dadas para mis observaciones. Pero he de confesarles, a fuer de sincero, que tienen aquí ustedes un gran desorden, un gran caos. Carecen de clasificaciones y jerarquías eficaces. Todas las Constituciones por las que se rigen los países más avanzados proclamen derechos fundamentales ciudadanos y, además, esas Constituciones democráticas las pretenden extender a las regiones más remotas de la Tierra. Y yo pienso: en Namibia el coeficiente Gini es de 0,707; ¿qué podrán hacer allí con la democracia? La verdad, detalles como éste del coeficiente Gini me hacen mucha gracia. Qué empeño en medir lo que no se pretende corregir…! Creo que ustedes no han reflexionado sobre las consecuencias de la situación actual. ¿No han pensado en una revolución violenta que acabe con todos ustedes? Subdividan la especie humana. Tienen medios biológicos para romper la cerrazón de su dote genética, abran procesos de subespeciación y creen especies nuevas que desagreguen a los elementos que no están a la altura. En el planeta del que yo vengo una operación parecida se hizo hace siglos: allí habemos hombres alfa, beta, gamma, etc. Allí vivimos en un mundo feliz, sin conflictos, un épsilon no creerá jamás que es un alfa. Y a quien siente algún malestar pasajero se le proporciona una pastilla, soma, y se le devuelve a la euforia ambiente…”
Al terminar el extraterrestre su discurso, el comité de ricos líderes aplaudiría por educación, pero antes de que el visitante les mostrase la espalda, las risotadas de los nuestros podrían oírse en el planeta del ingenuo visitante. Y luego seguirían con las ostras y el champagne francés, seguros tras sus barricadas y sus puentes levadizos inexpugnables.

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