martes, 11 de febrero de 2014

LA PESADILLA DE LA PRINCESA




Érase una vez un Reino regido por un rey anciano que tenía varios hijos e hijas, a los que el pueblo llamaba Príncipes y Princesas. En la Corte del rey no existía ningún tipo de moneda, ni de oro, ni de plata, bronce o papel. Las personas de la realeza no necesitaban del dinero, no necesitaban comprar nada, lo tenían todo. Es más, la tenencia y manejo de parné ─que así lo denominaba el vulgo, así como guita, dares y tomares, mosca o unto─  eran consideradas actividades chabacanas, groseras y plebeyas, impropias en todo caso de la gente de sangre azul. No sería lógico decir que los Príncipes vivían en un mundo de abundancia, pues habitaban el reino de la no necesidad, en el que escasez o abundancia eran palabras que carecían de sentido.
El Rey, la Reina y los Príncipes  giraban visitas periódicas a sus regiones y dominios más remotos. Eran recibidos por la plebe con aclamaciones y vítores. Las gentes se aproximaban a ellos a empellones para besarles las manos y arrodillarse ante tan importantes personalidades. Ellos sonreían, sonreían siempre, como sólo saben sonreír las personas de alta cuna. Y cada súbdito se iba a su humilde morada creyendo que la sonrisa estaba exclusivamente dedicada a él. Y el que más y el que menos vivía feliz.
Pero llegó un día en que, sin saber muy bien cómo, las gentes del pueblo se dieron cuenta de que los alimentos escaseaban, y las medicinas y los vestidos… Había desaparecido el dinero. ¿Dónde estaba el dinero que antes corría alegremente y pasaba de mano en mano?
El pueblo se enfureció mucho. No sabía qué hacer. Al final decidió en asamblea buscar un juez honrado y tenaz y le encargó que averiguase dónde estaba el ladrón que se había llevado sus dineros. En primer lugar, encontrar al juez idóneo no fue fácil. El que era honrado no era valiente, el que era arrojado no se adornaba con la virtud de la honestidad y, en muchos casos, coincidían la vanidad, la estupidez  y la cobardía. Por fin se dio con un hombre de ley de aspecto humilde, pero perseverante y valeroso.
Tras arduas pesquisas el juez encontró cientos de sacas de oro y otras muchas cantidades de monedas de diverso calibre y valor en el palacete de la Princesa Benjamina. El pueblo se sorprendió mucho, pues nadie podía imaginar que alguien en cuya naturaleza no tenía significado el dinero se hubiese aficionado a esta vil mercancía.
El juez llamó a su presencia a la Princesa, algo insólito en aquel Reino. Ya ante el juez,  la Princesa tuvo que atender a cientos de preguntas, que ella no comprendía tratándose de asuntos pecuniarios que eran ajenos a su idiosincrasia real. Pero el juez seguía y seguía, era persistente como un perro con la pieza de carne en la boca. Sudaba la Princesa, se revolvía entre las sábanas de seda… Notó una mano fría en la frente y despertó.
─¿Qué te pasa, hija mía?─ le preguntó el Rey.
─He tenido un sueño muy feo, papá─ respondió la Princesa arreglándose la rubia melena y reponiendo en sus labios la sonrisa oficial, ligeramente más triste que de costumbre.
Le contó la Princesa a su padre todo el sueño.
─Esto no es un mal sueño, hija mía. Esto es una pesadilla.
Llamó a continuación el Rey a su augur principal y le preguntó por el significado del sueño de su hija Benjamina. El agorero le pronosticó malos tiempos para el Reino.
Y entonces el viejo Rey mandó cortar la cabeza del adivino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario