viernes, 25 de noviembre de 2016

DESERTORES DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Pocos términos del ámbito de la política tienen en la actualidad más abundante y machacona referencia que el de socialdemocracia y su crisis. Se habla indistintamente de crisis de la socialdemocracia y de crisis de los partidos socialistas, aunque conceptualmente son entidades que merecen análisis diferenciado. Se da por constatado y cierto que, bien porque el modelo  ya no sirve  o bien porque los partidos políticos sedicentes socialdemócratas, aun fiando en la validez  del modelo,  no cumplen los objetivos inherentes a la socialdemocracia, ésta y aquéllos están hundidos en el desprestigio y la frustración..
Conviene preguntarse, antes de seguir adelante, si el concepto socialdemocracia se refiere a una entidad esencial e inmutable que con el paso del tiempo se ha degradado y ha perdido sus rasgos y virtudes originales, pues, de ser así, estaría justificada la consabida terapia de volver a las esencias. No es así. La socialdemocracia nace en el marco de la economía capitalista y propende a la conciliación de los principios de libertad, justicia y solidaridad suscribibles por la pequeña burguesía y la clase obrera. Marx utiliza el vocablo socialdemocracia en 1852 (El 18 Brumario de Bonaparte) y, a partir de ese hito, la necesidad de mitigar el antagonismo entre Capital y Trabajo hace emerger en el último cuarto del siglo XIX los llamados partidos socialdemócratas en Alemania, Bélgica, Austria, Hungría, Polonia... En España el PSOE nace en 1879. 
Desde el inicio se van marcando dos corrientes, la del marxismo clásico y la socialdemócrata propiamente dicha, que no solo se diferencian en el objetivo final (la sociedad sin clases frente al estado democrático), sino en las consignas (destrucción del estado / utilización del estado), las estrategias (revolución / reformas) y los actores (partido monoclasista / partido policlasista). Marx, Engels, Kaustky, Berstein, entre tantos otros, son nombres significativos de esta evolución... Fuera de pruritos académicos, al observador social menos conspicuo, basándose exclusivamente en la terminología actualizada, se le hace palmario el hecho de que la socialdemocracia es una historia de renuncias: no se habla ya de socialismo ni de revolución, no se cuestiona el capitalismo y el Estado del Bienestar es un lugar común, refugio y coartada tanto de los partidos de izquierda como los de derecha.
De lo escrito hasta aquí se deduce que es preciso definir los objetivos e instrumentos de la socialdemocracia del siglo XXI en el contexto de un mundo regido por el Imperio que ha impuesto para todos sus dominios el neoliberalismo como sistema económico, político y de filosofía de vida. No sugerimos el posibilismo por conformidad o cobardía, sino por respeto al principio de realidad. La Revolución es mecánicamente imposible, aun para el caso de que hubiere agentes dispuestos a cargar con los riesgos. El capitalismo −que no será eterno, aunque infinitamente más longevo que nosotros− desaparecerá en el momento crítico en que las nuevas tecnologías creen realidades nuevas que lo hagan obsoleto, si antes él no ha causado el exterminio de toda vida inteligente en este planeta. La socialdemocracia hoy ha de tener un único y simple objetivo: la ‘procura existencial’ de todos los individuos por el mero hecho de pertenecer a una comunidad de hombres; la satisfacción de sus necesidades físicas, intelectuales y morales. El asunto es muy simple por más literatura que se le eche, que ya tiene bastante encima.
Cuestión diferente y más compleja es la del instrumento y las estrategias para hacer realidad las promesas de la socialdemocracia. ¿Por qué fracasan los partidos socialdemócratas como instrumentos al servicio de la igualdad, la libertad y la solidaridad? Hay dos causas que interactúan. Es la primera el abandono por parte de los líderes, dirigentes y representantes de los partidos de izquierdas de los principios y valores socialdemócratas, seducidos en su praxis vital por los modos y conductas del individualismo neoliberal. El troquelado cognitivo-afectivo con que han sido socializados los individuos de las sociedades de las democracias liberales −basado en el ‘amor de sí’ y no en ‘la piedad’, que diría Rouseau− es la segunda causa, más fundamental y profunda.
El PSOE, ejemplo de partido socialdemócrata hundido en la depresión por los repetidos fracasos electorales, ha nombrado a una comisión de letraheridos y expertos para que enuncien y programen la taxonomía de objetivos de la socialdemocracia del siglo XXI −tarea no difícil, pues la bibliografía es inmensa− y para que diseñen unas estrategias y una organización capaces de convencer a los electores de que el proyecto merece la pena y les conviene. Esta segunda parte del encargo, por contra, lejos de ser cómoda y viable, se parece más al empeño de Sísifo.
¿Quién atraerá hacia los ideales del socialdemocrático PSOE a la clase obrera fragmentada y dispersa en medianas y pequeñas empresas en las que, desaparecidos los sindicatos, con ellos se ha esfumado la ‘solidaridad corporativa’; a los autónomos, ha poco trabajadores industriales y ahora agobiados por una supervivencia problemática; a los pensionistas, atemorizados por el miedo a perder su ingreso mensual por corto que sea; a los profesionales liberales, imposibles de distraer de su brega diaria por mantenerse a flote o por conservar su solvencia económica; a los funcionarios, refractarios a cualquier reclamo que no sea el de mantener su statu quo; a los jóvenes y sectores más ilustrados, que ven en el PSOE un instrumento anticuado poco diferenciado del PP; a los habitantes de las periferias, hartos de un españolismo cerril? ¿Quién tendrá el carisma de movilizar a ese 30% de abstencionistas electorales; quién, en fin, logrará que el PSOE vuelva a ser un partido ganador, en expresión de la lideresa andaluza?

Precisamente, Susana Díaz, de hecho ya entronizada en el liderazgo del PSOE, preguntada por la compatibilidad entre la Presidencia de la Junta y la Secretaria General del Partido Socialista, ha respondido: «Sí, si uno pone por delante el interés general». Discurso de alto vuelo intelectual para los tiempos complejos e inciertos que vivimos los socialistas. ¿Pero... hay alguien más, como se decía en aquel chiste de Eugenio?

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