miércoles, 28 de enero de 2015

NUEVOS LÍDERES, VIEJAS GLORIAS

¿Es imaginable que un ex-presidente del Gobierno y un ex-presidente del Congreso, los socialistas señores Zapatero y Bono, ─junto a un adlátere secretario regional─, no calcularan los perniciosos efectos sobre su partido de su reunión ‘privada’ con el secretario general de Podemos, el inevitable Pablo Iglesias, y uno de sus lugartenientes?
Me ahorraré contestar. Tanto la respuesta positiva como la negativa conducirían a descalificaciones que quiero evitar. Mejor será no personalizar y elevar el punto de mira a una reflexión general sobre el nacimiento y forja de los nuevos líderes y el papel que juegan los líderes renovados, amortizados y ya convertidos en viejas glorias.
No es fácil la construcción de los liderazgos políticos. La primera condición de un aspirante a alcanzar cimas en la jerarquía del Partido es la ambición, entendida como voluntad indeclinable de seguir la vocación de servicio público. A partir de esta querencia, el líder político debe poseer unas determinadas características intelectuales, psico-morales y físicas. Entre las primeras: notable formación cultural y de análisis simbólico, buenos conocimientos de economía, derecho e historia contemporánea y buena capacidad oratoria. Entre las segundas: honradez, fortaleza de ánimo, control emocional, tolerancia a la frustración, discreción, prudencia, austeridad y empatía. Y no hay que despreciar, en tercer lugar, la buena salud en general, la resistencia al cansancio físico y un corazón de atleta que no pase de las 30 pulsaciones en momentos en que el rival externo provoca o insulta, o el interno zascandilea o traiciona. Pero, con ser exigentes estos requisitos, resultan insuficientes. Hay más.
Las cualidades intelectuales y culturales deben estar penetradas por una inteligencia del tipo intuitivo. Frente a la inteligencia analítica, que se pierde desparramada en los detalles (espacio éste para los asesores), el político de raza, mediante una operación mental rápida, casi instantánea, procesa la más diversa información y se forma una idea sintética del problema de acuerdo a la cual decide.
La ideología no puede faltar. La supremacía del técnico ─la tecnocracia─ en última instancia es una forma de totalitarismo. No cabe el político sin ideología clara y distinta.  Nada más desalentador que la inconsistencia ideológica. Hasta ahora al que declaraba que la distinción entre derecha e izquierda era obsoleta se le consideraba automáticamente de derechas. Hoy Pablo Iglesias ha sentenciado: hablar en clave de derechas e izquierdas es de trileros. Vivir para ver.
¿Carisma? Si, aparte de las virtudes anteriores, el líder está bendecido por ese don inefable o por esa vis indefinible que subyuga y atrae a la gente, ya nada más se puede pedir.
¡Qué arduo y azaroso es hacer un líder, pues!  Para ‘ayudar’ están los líderes jubilados, las vacas sagradas del Partido... La jubilación de estos primeras espadas no diré que sea tarea deconstructiva tan espinosa como la de transformar los novilleros en maestros fiables del arte de la torería política.
Pero si nos atenemos a la experiencia, ejemplos no faltan de cómo se resisten a abandonar la escena pública quienes en otro tiempo fueron actores protagonistas. Su superior experiencia les advierte de los errores o titubeos de sus jóvenes sucesores y no se callan en público a la captura de un rayo de luz que ilumine sus vidas apagadas;  la costumbre de ocupar siempre el centro les hace sentirse incómodos en la periferia; el halago, la adulación y el servilismo se añoran ante el silencio o la indiferencia sobrevenidos de un día para otro y caen en la tentación de abandonar el ostracismo y hablan de vez en cuando buscándose a sí mismos en las ondas de las radios y en las imágenes de las televisiones. Matar al padre tiene su correlato en matar al hijo.
El Partido Socialista tiene en estos momentos dos líderes prometedores: Susana Díaz y Pedro Sánchez. La primera, acaso más hecha, pues no en balde está gobernando en una Autonomía que es casi tan grande como Grecia y la mayor parte de los países europeos, representa un liderazgo cálido, tradicional, basado en ideas claras y sencillas (la prioridad de los andaluces, la igualdad y, con especial énfasis, la unidad de España, lo que le acarrea buena prensa en los medios centralistas a machamartillo. Pedro Sánchez se está estrenando en su papel de secretario general; ha cometido algunos errores inherentes a la impaciencia juvenil ante una situación política endiablada; pero es voluntarioso, está bien formado y titubea más ante los problemas complejos, dígase problema catalán o dígase la actitud ante una fuerza política que está arrebatando el espacio ideológico-político al  PSOE, llevada en andas por vientos de opinión casi imposibles de domeñar. En fin, Pedro Sánchez ofrece la faz de un liderazgo más moderno y comprensivo de la complejidad de los tiempos que corren. Es de esperar que a la una y al otro se les dé tiempo para que cuajen y se consoliden.
Del señor Bono no me ha extrañado su comensalía con los líderes de Podemos. Se trata de una persona de amistades transversales, conciliábulos frailunos y diplomacias vaticanas. El compañero Zapatero, expresidente del gobierno, sí  me ha enojado y decepcionado. Como le reprochó una ex subordinada suya de gobierno, «a santo de qué» se reúne a compartir mesa y mantel con el enemigo político número uno del Partido Socialista. No estamos para cabildeos y conspiraciones florentinas, señor Zapatero. De la mano del señor Bono puede perderse entre toreros y folklóricas en los salones de las duquesas... Triste destino para un expresidente.

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