lunes, 13 de julio de 2015

PARA ENTENDER A PODEMOS

A medida que el éxito de Podemos se ha ido consolidando, la derecha política y mediática más arriscada ha intensificado las descalificaciones gruesas del nuevo partido político: revolucionarios bolivarianos, comunistas camuflados, populistas que si un día ganan las elecciones, éstas serán las últimas que se convoquen, jóvenes antisistema dispuestos a dinamitar las instituciones democráticas europeas... Palabras gruesas acompañadas del activismo de los aparatos represivos del Estado dirigido contra sus líderes máximos.
Brochazos tan burdos, lejos de instalarnos en una indiferencia complaciente y agradecida, nos obligan a los que no compartimos el ideario podemita a un esfuerzo redoblado de análisis por entender a Podemos, ahora que ya contamos con materiales (textos escritos y orales, documentos programáticos, etc. ) y hemos tenido tiempo para escrutar a los maestros pensadores en los que están sus raíces ideológicas y políticas.
El reciente artículo del líder máximo de Podemos, ‘Izquierda’, nos pone en una buena pista. Por boca de Perry Anderson reconoce Pablo Iglesias «la derrota histórica de la izquierda», que ilustra con ejemplos como el fracaso de la izquierda  comunista en la Transición, el del ‘programa común’ de Mitterrand y el del ‘compromiso histórico’ entre la Democracia Cristiana y el PCI de Italia. Hoy, sin embargo, Pablo Iglesias está convencido de hallarse ante una ocasión histórica para asaltar el cielo del poder, no desde el esquema simbólico izquierda-derecha, sino desde una idea modernizada de la hegemonía.
A Pablo Iglesias se le nota demasiado (nerviosismo, impaciencia, desabrimiento a veces...) que no está dispuesto a desperdiciar la oportunidad. Él y sus amigos y compañeros universitarios se han hecho las célebres preguntas de Lenin a principios del siglo XX: «¿Por dónde empezar?». Y luego: «¿Qué hacer?»
Iglesias se siente heredero político y personal (considérense sus antecedentes familiares) del fracaso de los planteamientos teórico-prácticos de la hegemonía según los clásicos, desde Marx a Gramsci, pasando por Lenin, Rosa Luxemburgo y otros, y ha dado el salto a una idea actualizada de hegemonía que supera la gramsciana, de la mano de un filósofo y teórico-político postmarxista argentino, Ernesto Laclau.
Leer Hegemonía y estrategia socialista (1985) o la obra posterior, La razón populista, donde se mezclan las jergas postmarxista y postestructuralista (Lacan, Foucoult, Derrida y Barthes) es una penitencia difícilmente soportable. Leer a E. Laclau es transitar por un terreno árido y conceptuoso que nos hace dudar a veces de que el discurso pertenezca a un logos real. Y, sin embargo, algunas ideas quedan claras: la clase obrera no es ya la responsable de la hegemonía, ‘ilusión ontológica’ ésta de creer que una sola clase representaba los intereses universales de la humanidad; la clave izquierda-derecha no puede ser el marco simbólico desde el que ganar el poder; allí donde se dé la frustración, el rechazo, la rabia o la ira hacia el poder instituido ─cualquiera que sea el sector, la posición o el contenido diverso o contradictorio de las reivindicaciones─, allí pueden establecerse articulaciones de un ‘nosotros’, los más, frente a un ‘ellos’, que son los menos; las ‘identidades sociales’ no surgen automáticamente, se confeccionan política, discursiva y antagónicamente a través de ‘practicas articulatorias’, al estilo de Carl Schmitt; el populismo no es el demonio, no es irresponsabilidad, rechazo a la negociación institucional, no es adoración al caudillo y hostilidad a las élites.
Para E. Laclau el populismo es el alojamiento de una variada e infinita serie de demandas insatisfechas que construyen un enemigo común; da igual que los motivos se enraícen en la ira antioligárquica, la decadencia económica subjetiva o la mal disimulada fobia al fenómeno de la inmigración, todas las piedras hacen pared. El populismo emerge y crece allí donde las demandas colectivas no encuentran cauces institucionales. Cuando el malestar se amplía por distintos sectores sociales se llega a producir una ‘cadena de identidades’ frente al poder, que es el camino hacia la ‘identidad popular’, la hora  del pueblo, de la gente... Es el camino de P. Iglesias.
Llegados a este punto, es pertinente preguntarse porqué el líder de Podemos y el de IU, dos jóvenes amigos, con un origen común en el marxismo, no se ponen de acuerdo en la configuración estratégica de una hegemonía frente el poder establecido que ambos pretenden derribar y sustituir. La respuesta es fácil: sencillamente Alberto Garzón se mantiene fiel al concepto gramsciano de hegemonía, como «capacidad de unificar a través de la ideología y de mantener unido un bloque social que, sin embargo, no es homogéneo, sino marcado por profundas contradicciones de clase...» «A través de la ideología...» Aquí está la clave. Mientras, P. Iglesias ha dado un salto mortal hacia adelante y se ha colocado en la ‘razón populista’ de E. Laclau para quien la ideología no cuenta.
El surgimiento de una nueva Plataforma o Marea o Movimiento, Ahora en Común, en una posición inequívocamente de izquierdas, va a poner a prueba las muchas quiebras, trampas e incongruencias del discurso de Podemos. La praxis dará nuevas oportunidades a la teoría y acabaremos de entender a Podemos.  Y acabaremos tal vez de entender a Pablo Iglesias, espigando más en el campo de la psicología que en el de la teoría política. Me temo que a medio plazo será la psicopolítica la que dicte la última palabra sobre Pablo Iglesias.

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