Las leyes educativas suelen venir acompañadas
de una fraseología que en parte encubre las intenciones reales del legislador.
Recuerdo que la LGE
de 1970 hablaba de educación personalizada, educación permanente o “tarea
permanentemente inacabada”, formación y perfeccionamiento continuado del
profesorado y, cómo no, de la educación
como palanca del desarrollo económico y social de aquella España todavía
franquista. La educación personalizada terminó en educación masificada con
aulas de 40 alumnos como mínimo. Así es la distancia entre las palabras y los
hechos. Hoy la ley presentada a las Cortes por el ministro Wert, intrépido
neocón recauchutado en la factoría Faes, entre otros mantras nos insiste en la
educación como factor de la “empleabilidad”.
Al horrísono vocablo “empleabilidad” ─sustantivación
del adjetivo “empleable” (cualidad o
aptitud para ser empleado)─ lo han puesto de moda estos tiempos de desempleo y
paro masivos por boca de la ideología dominante: lo que deben hacer desempleados
y parados es adquirir mayor y mejor educación para ser más “empleables”… La
culpa en última instancia es suya.
Los ideólogos de la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa
(LOMCE), al mostrar las debilidades del actual sistema educativo aducen que, según la EPA del 1º Trimestre de 2013, la tasa de paro
juvenil (entre 16 y 24 años) en España se sitúa en el 57,2% (la media en Europa:
UE 2012 es de 23,4%), mientras que en países con una buena FP como Alemania
está en el 8,3%. Desde 2008 el paro se ha incrementado en 11,4 puntos entre las
personas con estudios de la ESO
o inferiores por los 4,6 puntos incrementados en el caso de las personas con
educación superior. Es decir, a mayores estudios, mayores posibilidades de ser
empleado. Esta vinculación causal entre
educación y empleo no tiene fisuras para los autores de la Ley. Tan es así que
personajes sectarios e iletrados como las señoras Aguirre y Cospedal han llegado
a declarar sin sonrojo que la culpa del paro en España la tienen las leyes
educativas socialistas…
Estas señoras no deben tener noticia ─y el ministro
Wert a lo que se ve tampoco─ de que la globalización y la revolución
tecnológica y de las TICs han producido un paro estructural en el mundo y que
el crecimiento económico y el aumento de la productividad no traen ni traerán incremento
del empleo, sino todo lo contrario (jobless
growth). Los autores de la
Lomce que proponen a la juventud formarse más para ser
empleables le presentan un contrato que es una gran estafa, como saben
desgraciadamente los universitarios e investigadores españoles que se ven
obligados a buscarse la vida en el extranjero. Si no se produce una revolución
en las estructuras económico-sociales y laborales, no hay ni va a haber trabajo
para todos, por muchos grados, masters o doctorados que se tengan.
En 1995 Jeremy Rifkin publicó ‘El fin del trabajo’,
libro que se convirtió en best seller, por cierto. El autor sostenía que en las
condiciones de la Segunda Revolución
Industrial el trabajo decrecía tendiendo a desaparecer. Los hechos parece que
le están dando la razón. Desde una posición reformista proponía la Tercera Revolución
Industrial, basada en las energías renovables, la recolección de la energía
verde, la conversión de los edificios en plantas de energía, Internet,
transporte verde, etc. Unos años antes, en
1988, André Gorz, desde una posición más radical, había publicado ‘La
metamorfosis del trabajo’. Su tesis era que el trabajo, en su actual
concepción, deudora en gran parte del Marx de ‘El Capital’ (el trabajo “como
valor de uso, como trabajo útil, es una condición de la existencia del
hombre…”), ha periclitado, que el trabajo-retribución, de carácter fijo para la
mayoría va a ir desapareciendo, que habrá que ir pensando en otra vida en la
que el trabajo no sea central, que si el trabajo no se puede repartir deberá
pensarse en repartir la productividad sobre el planeta, que al fin y al cabo es
de todos…
¿Que estos nuevos escenarios son ideaciones utópicas
de teóricos radicales o reformistas? Así puede creerse si así se quiere, pero
no hay más que observar el mundo económico y laboral circundante para
percatarse de que nunca la teoría ha estado más conforme con la realidad. Los
jóvenes se forman, hacen licenciaturas y doctorados, aprenden idiomas y el
desempleo es su única salida. Entonces
es el momento de los vendedores de crecepelo que vienen con sus pócimas de
reinventos i otras zarandajas de autoayuda.
Por eso, una ley que propugna la educación para la empleabilidad se
mueve entre la superficialidad, la ignorancia y el cinismo. No queremos
promesas de hombres empleables, nos conformamos con que se eduque para formar
simplemente hombres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario